domingo, 30 de septiembre de 2012

79 días

Hola a todos!! Aquí dejo el enlace de mi nuevo relato. Han sido muchos meses sin publicar nada, así que ya tocaba. Espero que os guste.
79 días

sábado, 19 de noviembre de 2011

El Horóscopo y sus predicciones

Libra: Gastos inesperados lastrarán tu cuenta corriente. Debes liberarte de ellos para sanear tu economía.

Según los astrólogos, al haber nacido el 6 de octubre, mi signo del Zodiaco es libra. Y esto es lo que aparecía el otro día en el horóscopo de un periódico. No es gran cosa, y dado los tiempos que corren, no tiene ningún mérito, pues dicha aseveración podría afirmarse sobre el 90% de la población.

Es sorprendente lo calada que está la astrología en la sociedad. Todos conocemos el signo al que pertenecemos, a pesar de que muy poca gente admite creer en ella y casi nadie conoce su origen. Pero todos, absolutamente todos, un día u otro, hemos leído el horóscopo.
Por curiosidad más que nada.
Y precisamente ésa es la razón del calado de la astrología: la curiosidad innata en el ser humano. Queremos conocer, queremos saber.
Aun así, es increíble que haya perdurado hasta nuestros días sin haber conseguido probar ninguna de las bases sobre las que se asienta. Por eso, la astrología no es una verdadera ciencia, sino una pseudociencia, es decir, una creencia que no se basa en el método científico.

Hace varios miles de años, el ser humano, muy curioso él, miró al cielo y contempló las estrellas.
Pronto se dio cuenta de que los astros influían en su vida: afectaban a las mareas, marcaban el tiempo de las estaciones, de la recolección de las cosechas y los guiaban en sus viajes. Entonces comenzaron a hacer predicciones. Al principio eran muy genéricas, tales como guerras o el futuro de las cosechas. Pero poco a poco se hicieron cada vez más específicas, llegando hasta la aparición de las primeras predicciones sobre la vida de un individuo concreto. Fue el inicio de la astrología.
La astrología basa sus predicciones en la posición de los astros en el momento del nacimiento de cada individuo. En función de qué constelación esté atravesando el Sol en ese instante, se asigna un determinado signo del Zodiaco.
¿Qué significa esto exactamente?

Una constelación es una agrupación de estrellas. Cuando miramos al cielo, los puntos de luz que vemos en una noche clara son estrellas muy lejanas, a una distancia que incluso se escapa de la comprensión humana. Dicha distancia es tan abismal que las estrellas parecen inmóviles (aunque por supuesto no lo son), y forman, observado desde nuestro planeta, un fondo fijo de estrellas sobre la bóveda celeste. Las civilizaciones antiguas observaron el cielo y agruparon algunas de estas estrellas formando las constelaciones.
El Sol, en su camino a través del espacio, sigue una línea que aparentemente atraviesa ese fondo fijo de estrellas, volviendo al punto inicial y repitiendo el camino cada año.
Los astrólogos dividieron ese fondo fijo en 12 partes o constelaciones, y asignaron a cada una un signo zodiacal con el nombre de la constelación que estuviera transitando el Sol en ese momento.
Y esta es una de las claves para comprender la falsedad de la astrología: las constelaciones son una construcción artificial y arbitraria del ser humano, un juego de unir puntos en el cielo para dibujar formas imaginarias. Las estrellas que forman una constelación pueden no tener relación alguna entre ellas, y en muchos casos se encuentran a años luz unas de otras. Las constelaciones no existen en sí mismas, son siluetas virtuales creadas por las civilizaciones antiguas. Ellos unieron las estrellas con líneas imaginarias, y dibujaron un león, un toro o un cangrejo. Si las hemos mantenido hasta hoy ha sido por pura tradición histórica y cultural.
Siendo así, la base de la astrología cae por su propio peso. Pero aún hay más.
Se da la circunstancia que el eje de la Tierra está ligeramente desplazado respecto del plano que marca la órbita alrededor del Sol, lo que ha provocado, con el paso del tiempo, que las fechas durante las cuales el Sol recorre las constelaciones se hayan modificado. El desfase actual es de muchos días, y hasta dentro de unos 23.500 años las fechas no volverán a coincidir con las originales. Por ejemplo, a alguien nacido el 6 de octubre de 2011 le correspondería, según el Zodiaco, el signo de Libra, cuando en realidad ese día el Sol transita por Virgo. Y es más, esa inclinación también ha provocado que durante 19 días el Sol no recorra ninguna de las 12 constelaciones del horóscopo, sino otra. La denominada Ofiuco, un personaje mitológico. De ahí toda la polémica surgida recientemente con la inclusión o no del treceavo signo. ¿Qué pasa con las personas nacidas en esas fechas? ¿No tienen signo zodiacal? ¿Y qué hace la astrología respecto a eso? Obviarlo. Normal, pues incluir ese nuevo signo representaría admitir 2.500 años de engaño.
En fin, existe una larga lista de argumentos en contra de la astrología, pero el poco espacio de este artículo no me permite enumerarlos todos.
Espero que al menos estas breves líneas hayan servido para que mandéis a paseo a cualquier charlatán que os intente leer vuestra carta astral, y que os diga que hoy tendréis un mal día en el trabajo porque vuestro ascendente Venus está en Sagitario, o cualquier chorrada parecida.
No sé si es posible predecir el destino, y no sé si ya está escrito (aunque tengo la esperanza de que no), pero sí sé que la astrología no conoce ni puede conocer la respuesta. Así que por favor no dejéis que influya en vuestro comportamiento, en vuestras decisiones y, en definitiva, en vuestra vida.

lunes, 10 de octubre de 2011

Relatos de manwe: La visión


La inspiración a la hora de escribir un relato llega cuando menos te lo esperas. Cualquier cosa sirve: experiencias propias o de gente cercana, una noticia en el periódico o en la tele, o incluso un simple acontecimiento presenciado en la calle.
En este caso, debo agradecer la colaboración de Silvia Díaz, que aportó la idea original que sirvió de base para este relato.
¡Gracias, Silvia!

La visión

viernes, 8 de julio de 2011

Relatos de manwe: Una broma perfecta


Aquí os dejo mi último relato, una pequeña incursión en el mundo de la intriga, el suspense y el asesinato.

Una Broma Perfecta

domingo, 22 de mayo de 2011

Distancias Cósmicas

Desde el punto de vista de un niño, las distancias y el tiempo parecen mayores de lo que lo son para un adulto. Recuerdo que cuando tenía 6 años, el trayecto desde mi casa hasta el colegio, que debía ser de unos 300 metros, me parecía toda una travesía. Por no hablar de cuando jugando con otros niños en la calle, se nos ocurría ir a inspeccionar otras zonas del barrio, incluso a otros barrios vecinos. Aquello era casi como una expedición, como abandonar nuestro territorio y marchar lejos de nuestro hogar. Hoy, después de haber visitado diferentes países a miles de kilómetros, cuando vuelvo al barrio y veo la distancia real de aquello que nos parecía un gran viaje, no puedo dejar de sonreír.
A medida que vamos creciendo nuestra percepción del tiempo y la distancia va cambiando.
El ser humano, en una escala cósmica, también es un niño que empieza a dar sus primeros pasos, está creciendo, y es posible que de aquí a muchos años, distancias que hoy nos parecen inmensas, no lo sean tanto.

Nuestro propio hogar, la Tierra, ya no nos parece tan grande, y hoy en día viajamos de una punta a otra del planeta en cuestión de horas.
Sin embargo esto no fue siempre así.
No ya el viajar tan rápido de un lugar a otro, como es evidente dados los escasos medios de los que se disponía en el pasado, sino ni siquiera conocer las dimensiones de nuestro planeta. Hoy en día se conocen con exactitud, aunque seguramente si hiciéramos una encuesta, muy poca gente sabría cuál es el tamaño de la Tierra.
¿Tú lo conoces?
Y si no lo conoces, ¿se te ocurre alguna forma para determinarlo sin tener que medirlo literalmente paso a paso?

Pues bien, allá por el año 200 y pico antes de Cristo, o sea, hace la tira de tiempo, un tal Eratóstenes, de la antigua Grecia, hizo exactamente eso: calcular la circunferencia del planeta.
¿Cómo lo hizo?
Pues bien, Eratóstenes sabía que en Siena (antigua ciudad de Egipto) los objetos no proyectaban sombra alguna el día de solsticio de verano. Sin embargo, en Alejandría, donde él vivía, ese mismo día sí que había sombras.
Con esto, unas pocas matemáticas, trigonometría, y algo de ingenio, pudo realizar una estimación bastante exacta de la circunferencia de la Tierra.

El día de solsticio de verano, Eratóstenes midió en Alejandría la sombra de un objeto del cual conocía su longitud. Así, pudo calcular el ángulo con que incidían los rayos de sol en el objeto. Como ese mismo día dicho objeto no proyectaría sombra alguna en Siena, y puesto que era matemático, no le costó averiguar que dicho ángulo era igual al ángulo del arco de meridiano entre Siena y Alejandría. El ángulo resultó ser de 7º. Así, solo necesitaba conocer la distancia entre las dos ciudades, para finalmente, con una simple regla de tres, calcular la circunferencia del planeta.
Calculó que la distancia entre las dos ciudades, aunque hay controversia en cuanto a cómo realizó el cálculo, era de 5.000 estadios (unos 800 Km), con lo cual, si 7º eran 800 km, 360º serían 41.142,86 km.
En la actualidad, el valor admitido para la circunferencia del planeta es de 40.008 kilómetros, lo que significa que Eratóstenes obtuvo un valor con un error inferior al 3%. Toda una proeza teniendo en cuenta la época de la que estamos hablando, con su evidente precariedad en cuanto a instrumentos y tecnología.

Cuarenta mil kilómetros. Ese es el tamaño de nuestro hogar.
La luz da algo más de 7 vueltas al planeta en un segundo, así que no es para tanto.
Para empezar a ver distancias de verdad hemos de mirar a las estrellas. El Sol, nuestra estrella madre, la que nos da calor y nos permite la vida, se encuentra a una distancia media de casi 150 millones de kilómetros.
Una distancia algo mayor, pero que sigue siendo inmaterial en términos cósmicos.
La luz, cuya velocidad en el vacío es de 300.000 kilómetros por segundo tarda unos 8 minutos en llegar hasta nosotros desde el astro rey.
El Sol es la estrella más cercana a nosotros. El resto de estrellas, esos infinitos puntos de luz que podemos observar en el cielo una noche clara y lejos de la contaminación lumínica que nos invade (si no los habéis observado os recomiendo que lo hagáis, es realmente espectacular), se encuentran a distancias muy superiores, por muchos órdenes de magnitud.

La estrella más cercana a nuestro planeta, después del Sol, se conoce como Próxima Centauri, dentro del sistema de tres estrellas denominado Alfa Centauri, a 4,2 años luz de nosotros.
Una distancia considerable para nosotros, pero aún una nimiedad en la vasta inmensidad del Cosmos.

El año luz a veces es fuente de confusión. El propio nombre, al contener la palabra “año”, puede inducir a error, pues parece una medida de tiempo, pero no lo es. Es una unidad de medida de distancias, y la usamos cuando los kilómetros se nos quedan cortos.
Un año luz equivale a la distancia que recorre la luz en un año terrestre, es decir, 9’46728 × 10 elevado a la doceava potencia km = 9.467.280.000.000 km, o sea, casi 10 billones de kilómetros. Esto significa que Próxima Centauri se encuentra a unos 42 billones de kilómetros (sí, un 42 seguido de 12 ceros). Y eso que es la más cercana.

Nuestra galaxia, la Vía Láctea, contiene entre doscientos mil y cuatrocientos mil millones de estrellas. La distancia desde nuestro planeta hasta el centro de la galaxia es de alrededor de 27.700 años luz (277 mil billones de kilómetros).
El diámetro medio de la galaxia es de 100.000 años luz, o sea, un millón de billones de kilómetros o un trillón (un uno seguido de 18 ceros).
Esta distancia sí que empieza a ser no despreciable.


La galaxia más cercana a la nuestra es Andrómeda, situada en el Grupo Local del que la Vía Láctea forma parte. Andrómeda se está acercando a nosotros a una velocidad de 300 kilómetros por segundo, o sea, muy rápido. Rápido según las velocidades a las que nos movemos los humanos normalmente, pero a nivel cósmico viene a ser un paso de tortuga.
El acercarse a esa velocidad plantea que se pueda producir una colisión entre ambas galaxias, pero no os preocupéis, la distancia es tal, que se estima que dicha colisión ocurrirá dentro de unos tres mil a cinco mil millones de años, pues Andrómeda se encuentra a unos 2’5 millones de años luz.



Una estimación en el año 2005 cifró en 500 mil millones el número de galaxias contenidas en el universo visible. No, no es un error, 500.000.000.000 de galaxias como nuestra Vía Láctea.
¿No es alucinante?
Al menos debería servir para hacer una reflexión de humildad y modestia.

Más allá de los Grupos de Galaxias, éstas se organizan en Cúmulos de galaxias, con grandes vacíos interestelares entre ellos. El más cercano es el Cúmulo de Virgo, a una distancia de entre 18 y 20 Mpc (mega pársec).
Para distancias realmente grandes, en astronomía no se usan los años luz, sino los pársecs. Un pársec son 3’26 años luz, y un mega pársec son un millón de pársecs. Por tanto el Cúmulo de Virgo, del que formamos parte, se encuentra aproximadamente a unos 60 millones de años luz (en kilómetros algo así como 600 millones de billones, o 600 trillones). El Cúmulo más cercano a nosotros es el Cúmulo de Coma, a unos 100 Mpc (326 millones de años luz).
A mayor escala, los cúmulos se agrupan en Supercúmulos, una de las estructuras más grandes del Universo, más allá de los 1.000 Mpc (3.260 millones de años luz, es decir, que viajando a la fantástica velocidad de la luz, tardaríamos 3.260 millones de años en llegar).

Visto así, nuestro planeta, con sus 40 mil kilómetros de circunferencia, no parece gran cosa, ¿verdad?

La importancia que nos damos a nosotros mismos es imaginaria, esa creencia de que ocupamos un lugar destacado en el Universo es una ilusión. Por mucho que nos esforcemos es creer que somos especiales, la Tierra no es más que una diminuta roca orbitando alrededor de una estrella ordinaria de tamaño medio, en un brazo de la espiral que conforma la Vía Láctea, una más entre las 500 mil millones de galaxias que existen en el Universo.

Sin embargo, como he dicho al principio, desde un punto de vista cósmico, el ser humano acaba de nacer. Estamos, parafraseando a Carl Sagan, en la orilla del océano cósmico.
Pero no me cabe la menor duda de que, si nuestra especie logra la supervivencia (algo de lo que albergo más dudas), llegará un día en que esas enormes distancias cósmicas sean de lo más cotidiano, y nos lancemos a las profundidades de dicho océano.
Entonces, el ser humano echará la vista atrás y recordará con nostalgia el presente, cuando esas distancias a planetas, estrellas y galaxias cercanas le parecían insalvables, igual que yo recuerdo la distancia desde mi casa hasta el colegio.
Y sonreirá.


Os dejo un enlace sobre el lugar de nuestro planeta en el Universo:
Ese débil punto azul

miércoles, 9 de febrero de 2011

Relatos de manwe: Despertar


Aquí dejo el enlace de mi último relato.
Hay un cambio de género con respecto al anterior. Este sería un thriller de ciencia ficción, por catalogarlo de alguna forma.


Despertar

miércoles, 6 de octubre de 2010

La flecha del tiempo

Nos hacemos mayores. Envejecemos. Todo se debilita y se deteriora. Nada detiene el inexorable paso del tiempo.
Desde el Principio, el tiempo ha seguido su curso, eterno, constante e inmutable, sin que nada ni nadie pudiera afectarle, independiente, un testigo invisible de todo suceso.
Un momento. Quietos ahí.
¿Constante? ¿Inmutable? Einstein debe estar removiéndose en su tumba.

Antes de Einstein se creía en un tiempo con un ritmo constante en cualquier lugar del Universo. Un tiempo absoluto e independiente de los acontecimientos que ocurren y de los observadores de los mismos. Así lo afirmaba Newton y así lo confirmaban sus leyes del movimiento. De hecho sus leyes predecían con gran exactitud los movimientos de todos los cuerpos y aún hoy se utilizan para describir las órbitas de los astros y los planetas, por la manejabilidad de sus fórmulas y su gran concordancia con las observaciones. Una concordancia muy alta, pero no exacta, pues estaba equivocado.


En 1905, Albert Einstein cambió para siempre la concepción que teníamos del tiempo, y hoy sabemos que dependiendo de la velocidad del observador que hace la medición, el tiempo puede transcurrir con mayor o menor rapidez. Cuanto mayor es la velocidad del movimiento del observador más lento transcurre el tiempo. El tiempo deja de ser fijo y pasa a ser elástico: relojes idénticos se pueden atrasar o adelantar unos respecto a otros en función de la velocidad de su movimiento. Y aunque esto sea algo contrario a nuestra intuición, estamos seguros de que es así, pues ha sido confirmado infinidad de veces en diversos experimentos.
No existe un tiempo absoluto en el Universo, un reloj cósmico que mida el tiempo real transcurrido entre dos sucesos, sino que el tiempo depende de la velocidad de movimiento, en definitiva, de la energía (el espacio también se transforma con la materia y la energía, pero eso lo trataré en otro artículo) . Esta es una consecuencia directa de la teoría de la relatividad especial de Einstein, y es uno de los mayores logros de la mente humana: no existe un tiempo real, el tiempo es relativo, y diferentes observadores, moviéndose a diferentes velocidades, medirán tiempos diferentes para un mismo suceso.
Lo que ocurre es que para que esas diferencias se hagan notables, la velocidad ha de ser muy alta. Serán más apreciables cuanto más nos acerquemos a la velocidad de la luz, algo que desgraciadamente está muy lejos del alcance de la tecnología actual.

Pero aunque midamos tiempos diferentes, todos los observadores (tú y yo incluidos) coincidimos en la dirección del tiempo. Y ese es el tema central de este artículo.
Puede ser más breve o más extenso, pero parece transcurrir siempre hacia delante. El tiempo fluye desde el pasado hacia el futuro, pasando por el presente. Imaginamos el tiempo como una línea recta, con el pasado en un extremo y el futuro en el otro. Pero, así como en el espacio podemos movernos hacia arriba y hacia abajo, hacia delante y hacia atrás, en el tiempo existe una única dimensión. A diferencia del espacio, que es tridimensional, el tiempo es unidimensional (y posiblemente también unidireccional).

Para describir este carácter unidimensional del tiempo se suele utilizar el término flecha del tiempo, que fue acuñado por el astrónomo británico Arthur Eddington en 1927. Simbolizamos el tiempo como una flecha, apuntando en la que parece la única dirección posible, hacia delante. Esta direccionalidad es un elemento inherente a la naturaleza y a nuestra consciencia.
En el mundo real vemos una copa de cristal que cae de la mesa y se rompe contra el suelo en mil pedazos. La copa en la mesa es el pasado, y los cristales rotos en el suelo, el futuro. Si la flecha del tiempo fuese reversible podríamos lanzar un grupo de cristales al suelo y ver como se recomponen formando una copa. Pero esto no ocurre en la realidad. Por tanto la flecha del tiempo tiene una dirección clara. ¿Por qué?

El físico Stephen Hawking distingue tres flechas del tiempo diferentes y argumenta, utilizando el principio antrópico desde un nuevo enfoque, que sólo en un universo en el que todas apunten en la misma dirección sería posible la existencia de seres inteligentes que se realizaran la pregunta de por qué estas flechas apuntan en idéntica dirección.

La primera es la denominada flecha del tiempo termodinámica, y está basada en la Segunda Ley de la Termodinámica.
Esta ley postula que la entropía de cualquier sistema aislado tiende a aumentar, es decir, cualquier suceso que ocurra en el sistema implica un aumento de entropía. La entropía, a grosso modo, podemos considerarla como el desorden de un sistema, una medida de su homogeneidad, de la distribución aleatoria de sus elementos.
El Universo tiende a maximizar la entropía, a distribuir uniformemente la energía. Por ejemplo, si ponemos en contacto dos trozos de metal, uno caliente y uno frío, el caliente se enfriará y el frío se calentará hasta llegar al equilibrio térmico, es decir, los dos con la misma temperatura. La energía (en forma de calor) se ha distribuido uniformemente, formando un sistema más desordenado. Al principio estaban las partículas con más energía (más calientes) en un lado (el metal caliente) y las que tenían menos energía en el otro (el metal frío), era un sistema ordenado, pero al juntarlos la energía se ha distribuido entre los dos metales, quedando un sistema más homogéneo, más desordenado.
Otro ejemplo sería el de la copa de vidrio: unos trozos de cristal en el suelo forman un sistema más desordenado que unidos formando una copa. Que el desorden o entropía aumenta con el tiempo es algo que puedes comprobar fácilmente dejando de limpiar tu casa durante unos meses.

Al final no es más que una cuestión de probabilidad, pues existen muchos más estados desordenados que ordenados. Imaginad que tenemos un vaso de leche (bolitas azules) y uno de café (bolitas rojas). Si los vertimos en un tercer vaso las partículas de leche y café se distribuirán uniformemente en el nuevo recipiente formando un líquido mezclado (el famoso café con leche). Existe una probabilidad de que todas las partículas de leche queden a un lado y las de café a otro, pero es tan pequeña que el tiempo que habría que esperar para que se diera esa situación sería superior a la edad del universo.

Pues bien, la flecha termodinámica indica que percibimos que el tiempo fluye en la misma dirección en la que aumenta la entropía. Si viviéramos en un universo en el que la entropía disminuye con el tiempo, sería posible lanzar unos pedazos de cristal al suelo y que éstos se recompusieran formando una copa, o veríamos nuestra casa cada vez más limpia y ordenada sin que nosotros moviéramos ni un dedo. Una vez más, esto no ocurre en el mundo en que vivimos.

Las otras dos flechas están estrechamente ligadas a la termodinámica, y en última instancia podrían reducirse a ella, pero tienen algunos aspectos que nos hacen considerarlas separadamente.

La segunda flecha es la psicológica, y tiene que ver con la memoria. Es debida a que percibimos los sucesos y los registramos en la memoria, y esos sucesos pasan a configurar el pasado, mientras que los hechos futuros no los podemos registrar. Así, esta flecha psicológica es aquella por la cual recordamos el pasado y no el futuro. Nuestra memoria está configurada para recordar los hechos vividos y percibir el transcurso del tiempo como un recorrido hacia delante, hacia el futuro.

La tercera y última es la flecha del tiempo cosmológica. Está relacionada con la teoría del Big Bang, según la cual el universo se está expandiendo. Esta teoría supone que hace unos 14.700 millones de años (casi nada), toda la materia y la energía estaban concentradas en un pequeño volumen extraordinariamente caliente y denso. Entonces ocurrió el gran estallido, el Big Bang, y la materia comenzó a expandirse y enfriarse, y no ha dejado de hacerlo desde entonces.
Efectivamente, está más que comprobado que en el universo todo se está alejando de todo, las estrellas y galaxias observadas cada vez están más lejos, y cada vez se alejan más rápido. El universo crece continuamente, se expande, como la superficie de un globo: a medida que lo hinchamos cualquier punto del globo se está alejando del resto.
La flecha cosmológica indica que el tiempo transcurre en la dirección en la que el universo se está expandiendo.

En resumen: percibimos que el tiempo fluye en la dirección en la que aumenta la entropía, en la que se expande el universo y en la que nuestro cerebro registra sucesos del pasado y no del futuro. Y esa dirección es la misma en los tres casos.

¿Qué ocurriría si el universo dejara de expandirse y comenzara a contraerse? ¿Veríamos copas rotas recomponiéndose? ¿O tortillas convirtiéndose en huevos? ¿Nuestras casas estarían cada vez más limpias y ordenadas sin necesidad de nuestra intervención?
Lo cierto es que parece altamente improbable, y suena más a ciencia-ficción que a otra cosa. Y aún tendremos que esperar mucho, pero mucho tiempo, para poder responder a esas preguntas.

Como hemos visto el tiempo es unidimensional, una línea, una flecha que viaja hacia delante a un ritmo personal e individual. Einstein demostró que cada uno de nosotros tiene una línea temporal que depende de la velocidad de nuestro movimiento.
Siendo así, alguien podría viajar a una velocidad tan alta que su tiempo se contrajera mucho, y podría viajar al futuro. Ojo, no a su futuro, pero sí al de los demás.
Según la relatividad, si alguien pudiera viajar al espacio en un cohete a velocidades cercanas a la de la luz durante, digamos un año, al volver, puesto que su tiempo ha transcurrido de forma más lenta que en el planeta, estaría viajando a nuestro futuro, es decir, aquí habría pasado más tiempo que en su cohete. El problema aquí radica en conseguir un medio de transporte que viaje a dicha velocidad, ya que técnicamente hoy por hoy es imposible. Ni de cerca.

¿Y que hay del viaje hacia atrás, hacia el pasado?
La relatividad predice que nada puede viajar más rápido que la luz, pero existe una hipótesis - en caso de que la relatividad fuese incorrecta en ese punto, cosa que no parece probable - según la cual viajar al pasado sería posible si pudiéramos superar la velocidad de la luz.
Si el tiempo se va ralentizando a medida que ganamos velocidad, cabe suponer que al alcanzar la velocidad de la luz el tiempo se detiene. Los fotones, las partículas de la luz, serían intemporales. Por consiguiente, si conseguimos ir más rápido que la luz, el tiempo se revertiría, es decir, viajaríamos al pasado. Sería posible partir en un cohete que viajara a una velocidad superior a la de la luz, y volver antes del despegue. Una idea muy extraña y antinatural, llena de paradojas temporales, pero sin duda una idea muy atractiva.
Si fuera posible, ¿cuántos de nosotros volveríamos atrás en el tiempo para cambiar algo que dijimos o hicimos?
Seguramente todos.
No es necesario que sea algo trascendental, si pensáis un momento recordaréis con facilidad alguna situación en la que cambiaríais algunas palabras pronunciadas por otras más adecuadas, o incluso por un silencio.
Desgraciadamente la flecha del tiempo viaja hacia delante, es una propiedad intrínseca en la propia naturaleza de nuestro universo, y, al menos hasta lo que sabemos hoy en día, es una propiedad inviolable.
Así que ya sabéis, pensad bien lo que decís y lo que hacéis, pues todo apunta a que la flecha del tiempo es irreversible. No se pueden deshacer los hechos consumados, ni desdecir las palabras pronunciadas, incluso las palabras escritas, pues aunque las borremos, una vez han sido leídas ya no se pueden eliminar.

martes, 6 de julio de 2010

Relatos de manwe: La última noche


La desesperación deviene en locura.


La última noche

La última noche

domingo, 6 de junio de 2010

Medir el paso del tiempo

Felicidades Mayte

“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz”
He aquí la letra de la canción más universal de todas. En diferentes idiomas, pero con las mismas notas, se ha convertido en la canción más popular del mundo.
Para los seres humanos, el cumpleaños se ha convertido en un acontecimiento muy importante y en un motivo de celebración. Todos conocemos la fecha de nuestro nacimiento, la de nuestros seres queridos y la de nuestros amigos. Y los más cotillas - o aburridos, según se mire - hasta la de los famosos de las revistas del corazón.
El concepto de cumplir años, de tener una edad determinada, está tan asumido en nuestro cerebro que lo vemos como algo natural, pero en realidad es un concepto totalmente artificial, es decir, una invención del hombre, nacida de la necesidad de marcar el momento de ocurrencia de un suceso, de medir el paso del tiempo.

Como todo el mundo sabe, la fecha marcada como el nacimiento de una persona - el mío, el tuyo y el de todos - es el momento en que el planeta Tierra se halla situado en un punto determinado de su órbita alrededor del Sol, y cada vez que vuelva a estar en dicho punto - nunca será exactamente el mismo - será cuando celebremos el cumpleaños.
Evidentemente, es mucho más práctico - y breve - decir: “Hola, tengo 34 años”, que: “Hola, desde que existo el planeta ha dado 34 vueltas alrededor del Sol”, pero al final cumplir años no es otra cosa que contar las vueltas completadas alrededor de una estrella amarilla ordinaria - el Sol - mientras viajamos en este vehículo llamado Tierra. El cumpleaños en sí mismo no tiene significado alguno. De hecho, si dos personas nacieran en el mismo instante, una en la Tierra y otra en un planeta con una órbita diferente, por ejemplo Venus, cuando la de la Tierra cumpliera 50 años, la de Venus cumpliría aproximadamente 81, sin embargo el intervalo de tiempo real transcurrido para ambos es idéntico. Han vivido el mismo tiempo, pero cada uno afirmaría tener una edad diferente, pues cada uno mediría el año en base a las vueltas que realizase su planeta.
Los años - y los meses, y los días, y las horas… - no son nada más que una forma totalmente arbitraria de medir el paso del tiempo. Es la que es, pero podría ser otra, e igualmente válida.

Año y día son los nombres que hemos puesto, respectivamente, a la duración del movimiento del planeta alrededor del Sol - traslación - y sobre su propio eje - rotación -. Desgraciadamente no es posible dividir la duración del año en un número exacto de días. Habría sido muy bonito - y significativo - que la duración total de una vuelta alrededor del Sol fuese igual a un número exacto de vueltas del planeta sobre sí mismo, pero no es así, lo que demuestra la artificialidad de los conceptos.
Durante una vuelta al Sol el planeta gira sobre sí mismo 365,24 veces. Es decir, 365 días, 5 horas, 48 minutos y unos 45 segundos. Por eso cada cuatro años tenemos que añadir un día, originando los años bisiestos. Pero ni siquiera con ese “truco” conseguimos ajustar los valores, y el calendario gregoriano - usado de forma oficial en la mayor parte del mundo en la actualidad - tiene previstos otros ajustes a más largo plazo. Cada 100 años nos saltamos un año bisiesto, a excepción de los divisibles entre 400, es decir, los años 1700, 1800 y 1900 no fueron bisiestos, pero el año 2000 sí. Así se consigue minimizar el error a una media de 26 segundos por año, lo que significa que más o menos cada 3324 años - es posible que este dato varíe debido a la desaceleración de la velocidad de giro del planeta sobre sí mismo - habrá que volver a hacer un ajuste de un día. Apuntadlo en vuestros calendarios: aunque le tocaría, seguramente el año 3324 no será bisiesto.

El concepto de año basado en el movimiento de traslación, y el de día basado en el de rotación es algo ampliamente conocido por todos. Nos lo enseñaron en el colegio.
Lo que tal vez no sea tan conocido es la razón del resto de conceptos usados para medir el paso del tiempo. Si explicáramos a un extraterrestre nuestra peculiar forma de contar y dividir el tiempo seguramente nos miraría con gesto incrédulo. Y es que por muy asumido que lo tengamos no deja de ser un batiburrillo de números y conceptos.
Veamos: dejando de lado grandes plazos de tiempo - como milenios y siglos - los humanos contamos el tiempo en años, que se dividen en 12 periodos o meses de 30 o 31 días, excepto uno de 28, que cada 4 años pasa a tener 29. También utilizamos las semanas, que son grupos de 7 días. Los días los dividimos en 24 horas, con una duración de 60 minutos cada una, y con 60 segundos por minuto. Los segundos se dividen a su vez en 10 partes o décimas, luego en 100 o centésimas, y así sucesivamente con partes cada vez más pequeñas.
Casi nada.
¿Y todo esto por qué? ¿No sería mejor algo más sencillo y uniforme?
Las causas son de todo tipo: históricas, socio-culturales, religiosas e incluso matemáticas.
Una de ellas es la utilización de la numeración en base 12 y en base 60. Hoy en día el sistema numérico más utilizado y al que todos estamos acostumbrados es el decimal o de base 10, pero algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia y la sumeria, preferían aquellos sistemas por varias razones. Una tiene que ver con la forma que tenían de contar con los dedos de las manos. Nosotros solemos contar con los dedos hasta diez - podemos contar hasta que nos cansemos, pero siempre en grupos de diez - , pero ellos eran capaces de hacerlo hasta sesenta. Veamos esta ingeniosa forma: con el dedo pulgar de una mano contaban las falanges de los otros cuatro dedos. Como cada dedo tiene tres falanges podían contar hasta doce. Y cada vez que contaban doce con esa mano levantaban un dedo de la otra, así podían contar hasta doce cinco veces, o sea, hasta sesenta. De esa forma los números 12 y 60 pasaron a ser considerados como números especiales, convirtiéndose en referencia habitual para todo tipo de mediciones.
Otra razón para utilizar esos sistemas numéricos era que facilitaban mucho los cálculos en el comercio agrícola y ganadero. Partir diez gallinas en tercios o en cuartos tenía su dificultad - si es que las querías vivas -, sin embargo con doce o con sesenta era mucho más sencillo. Hay que tener en cuenta que el número sesenta es el número menor divisible entre 1, 2, 3, 4, 5 y 6.
Algunas de estas mediciones, con el poder de la costumbre, han persistido hasta la actualidad, como la docena de huevos o la medición de los ángulos - una circunferencia tiene 360 grados, o sea, seis veces sesenta - .
O como tener un día de 24 horas. Con esa forma de contar, no es de extrañar que decidieran dividir el día - entendido como las horas de sol - en 12 partes, y por tanto la noche en otras tantas. Después, cada una de estas 24 partes u horas se dividió en 60 partes más, los minutos. Y estos en 60 partes más, los segundos. Así se ha mantenido hasta hoy. La división de los segundos en partes más pequeñas es un concepto moderno, y por eso se utilizó el sistema decimal creando las décimas, centésimas, milésimas…etc.

El origen de las semanas tiene una connotación religiosa conocida por todos, al menos en las sociedades católicas. Ya lo dice la Biblia: “Dios creó el mundo en seis días y el séptimo descansó”.
Aunque la causa real quizá obedezca más a la observación astronómica. Los primeros astrónomos observaron en el firmamento siete cuerpos celestes. Los más evidentes eran el Sol y la Luna. Los otros cinco eran los planetas conocidos en aquella época: Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno. El origen de los nombres de los días de la semana queda más que explicado. El nombre domingo proviene del latín dies dominicus, que significa el día del Señor, pero ya en la antigua Roma se llamaba dies solis, y se ha mantenido en algunos idiomas, por ejemplo en inglés - sunday, el día del Sol -.

La división del año en 12 meses viene explicada por las fases de la luna. Mientras el planeta da una vuelta al Sol, la Luna da aproximadamente 12,5 vueltas al planeta, una cada 29,5 días. Una vez más los periodos no son exactos, así que un año debería durar doce meses y medio. Para tener un número redondo había que decidir entre 12 o 13 meses. Sin duda en la decisión final algo tuvo que ver de nuevo el sistema en base 12, y por supuesto algo de superstición.
Como curiosidad en la Antigua Roma el año se dividía inicialmente en 10 meses. El año empezaba en marzo, y de ahí los nombres de los 4 últimos meses: septiembre, octubre, noviembre y diciembre, pues eran los meses del séptimo al décimo. Una vez más esto no se adecuaba al año completo y hubo que añadir dos meses más: enero y febrero. Y aunque posteriormente se colocaron los primeros, originalmente estaban al final - por eso el día de ajuste en los años bisiestos se coloca en febrero, porque era el último.


Como vemos, la forma de medir el tiempo es una invención del hombre, y se ha ido creando y modificando continuamente en la historia de la humanidad. No le demos más importancia de la que tiene. Es simplemente eso, una forma de medir el paso del tiempo.

El tiempo de vida es un valioso regalo que nos otorga la Naturaleza, pero su duración es finita, y más bien escasa. Precisamente por eso no hemos de obsesionarnos en medir esa duración. No digo que haya que abandonar esas mediciones, pues son muy útiles y absolutamente necesarias, pero no debemos darle tanta importancia al paso del tiempo. Lo primordial no es cumplir años, sino vivirlos intensamente. Debemos concentrarnos en lo realmente significativo, en aprovechar al máximo el tiempo que nos han concedido, sintiendo, experimentando emociones, desarrollando nuevas actividades que nos permitan evolucionar y crecer como personas. Todos somos diferentes, y cada uno debe buscar aquellas experiencias que le hagan sentir vivo, desechando - o minimizando, pues algunas son inevitables - las actividades rutinarias, esas que nos atenazan y ahogan diariamente, de forma que consigamos demostrar que la vida no se limita simplemente a viajar en un planeta alrededor de una estrella, contando cuántas vueltas completamos. La vida es mucho más que eso. Vivámosla.

viernes, 7 de mayo de 2010

Relatos de manwe: El collar


Hace poco he terminado un curso de relato breve. En una de las clases nos pusieron como deberes escribir un pequeño relato, con tema y longitud libres. Con el poco tiempo de que dispuse, el resultado no fue el óptimo, pero bueno, es lo que escribí, y así se queda.
A medida que escriba más relatos, los iré colgando, y espero que con más tiempo y dedicación sean mejores que éste, que al fin y al cabo es el primero.
Adjunto el enlace:
El collar

domingo, 18 de abril de 2010

El secreto de la luz (parte II)


El problema fundamental de la luz es conocer su naturaleza. ¿Es un fenómeno ondulatorio o corpuscular? Es decir, ¿está compuesta por ondas o por partículas?
Durante los últimos cuatrocientos años se ha debatido dicha cuestión, con argumentos, teorías y experimentos a favor y en contra de ambas posturas. Hubo épocas en las que predominaba la teoría ondulatoria y épocas en que lo hacía la teoría corpuscular.
Hoy en día, en nuestra visión moderna de la física y de la ciencia, es aceptado comúnmente que ambas teorías son correctas. Se ha asentado en la comunidad científica la idea de la doble naturaleza de la luz. Y es una idea muy arraigada, por extraña que sea. Nuestro sentido común nos dice que una cosa no puede ser dos cosas, o es una, o es otra, pero no las dos a la vez. Sin embargo, todos los experimentos realizados ratifican que la luz se comporta a veces como una onda, y a veces como una partícula.
A esta propiedad, cuyo origen se encuentra en la física cuántica, se le conoce con el nombre de dualidad onda-partícula, y es debida a que determinados fenómenos son explicables sólo si la luz se comporta como una onda, y otros sólo si está formada por partículas. Así, dependiendo de qué tipo de fenómeno estemos intentando explicar, nos interesará considerar a la luz como una onda o como una partícula.

La luz, considerada como una onda, viaja a diferentes velocidades dependiendo del medio por el que se propague (aire, agua, etc…). Esto da lugar a una curiosa propiedad de la luz denominada refracción. La refracción no es más que un cambio en la dirección de la luz cuando pasa de un medio a otro, provocado por el cambio en la velocidad. ¿Y por qué cambia de dirección al cambiar de velocidad? Pues porque existe una ley que le obliga a comportarse así, y es la que dice que la luz, para llegar de un punto a otro, siempre elige el camino cuyo recorrido le ocupe el menor tiempo posible. Veamos un ejemplo para entenderlo mejor: imaginad que sois un socorrista en la playa de Santa Mónica, en Los Ángeles. Sí, la de la serie Los vigilantes de la playa. Así el ejemplo será más ameno. Os encontráis en vuestra torreta de control (punto A), exhibiendo vuestro escultural cuerpo y vuestra piel bronceada. De repente se oyen unos gritos. Un despistado bañista (punto B) se encuentra en apuros en el agua, digamos a unos 300 metros de distancia y a unos 45º desde vuestra posición. Cogéis el salvavidas, ese naranja que siempre llevaban en la serie, y salís corriendo hacia el bañista, tratando de llegar hasta él en el menor tiempo posible. La primera idea es ir directamente en línea recta hacia el bañista, pero puesto que la velocidad corriendo por la arena es muy diferente a la velocidad nadando por el agua, la trayectoria más rápida no sería una línea recta hacia él, sino una línea quebrada. Imaginad que sois más rápidos nadando que corriendo. Lo ideal sería llegar cuanto antes al agua, es decir, seguir una línea recta y perpendicular a la orilla, y una vez en el agua, girar y trazar otra línea recta hacia el bañista. De esa forma recorreríais menor distancia en la arena, donde sois más lentos y más distancia en el agua, donde sois más rápidos. Y precisamente así es como funciona la luz, cambiando de dirección cuando cambia de medio, o sea, refractándose. Por eso parece quebrado un lápiz cuando lo sumergimos en un vaso de agua.

Hemos visto que las ondas (recordemos que la luz se puede considerar como una onda), al cambiar de medio, por ejemplo del aire al agua, o al atravesar un material, desvían su dirección por refracción, pero dependiendo de su longitud de onda se desviarán más o menos: a menor longitud de onda mayor desviación. Así, cuando un rayo de luz blanca (que contiene todas las longitudes de onda) atraviesa un prisma, es desviado por refracción, pero además se descompone en todos los colores (diferentes longitudes), pues cada uno se desvía con un ángulo diferente. Esta propiedad se conoce como dispersión de la luz, y es la responsable por ejemplo de la aparición del arco iris. Cuando los rayos del sol atraviesan las diminutas e innumerables gotas de humedad contenidas en la atmósfera terrestre, éstas actúan como prismas, dispersando la luz en todas sus longitudes de onda, en todos sus colores, formando así el arco iris.
La refracción y la dispersión también son las responsables de que veamos el cielo azul. Los rayos solares, en su recorrido hasta nosotros, chocan con partículas de aire que también actúan como prismas, dispersando la luz blanca en todos los colores.
Los rayos de longitudes de onda larga (rojos y amarillos) casi no se desvían, mientras que los rayos violetas y azules son los más desviados. Éstos varían su trayectoria, y vuelven a chocar con otras partículas, y así sucesivamente, rebotando una y otra vez hasta que alcanzan el suelo terrestre. Así, cuando finalmente llegan a nuestros ojos, no parece que vengan directamente del Sol, sino de todas las regiones del cielo, provocando que lo veamos azulado (no lo vemos violeta porque la luz del Sol contiene más azul que violeta y porque el ojo humano es más sensible a la captación de luz azul).

Otra de las propiedades más interesantes de la luz es su velocidad. Hoy sabemos que es finita, y conocemos exactamente su valor, pero no siempre fue así. Ya en el siglo I d.C. se plantearon si la luz tenía una velocidad determinada. Una de las creencias más antiguas al respecto era que la luz era emitida por el ojo. Siendo así, y puesto que los objetos, incluso los muy lejanos como planetas y estrellas, aparecían instantáneamente nada más abrir los ojos, se llegó a postular que la velocidad de la luz debía ser infinita. Hoy sabemos que no es así.
El ojo no emite luz, sólo la capta; y ni mucho menos ésta tiene una velocidad infinita. Aunque es rápida, muy rápida. De hecho, no existe nada que viaje más rápido que la luz. Su velocidad es la máxima que permite la Naturaleza.
La velocidad de la luz es de unos 300.000 kilómetros por segundo. El valor exacto aceptado en la actualidad, obviando algunos decimales, es de 299.792,458 km/s. Esta es la velocidad en el vacío, y se representa con la letra c, pero cuando viaja por otros medios es algo inferior, dependiendo de las propiedades de dichos medios. Así, al propagarse por el aire la velocidad disminuye un 3%, y por el agua casi un 25%.
Esta fantástica velocidad permite a la luz dar 7,5 vueltas al planeta Tierra en un segundo, y nos hace parecer que su efecto es instantáneo, pero no es así. Para que los efectos sean palpables hemos de mirar a las estrellas. La luz que sale del Astro Rey tarda algo más de ocho minutos en llegar a nosotros. La siguiente estrella más cercana es Próxima Centauri, situada a 4,2 años luz, es decir, que su luz tarda aproximadamente 4,2 años en llegar hasta la Tierra (lo que nos da una idea de la excepcional distancia a la que se encuentra). Y la galaxia más cercana a la nuestra es Andrómeda, cuya luz partió de allí hace alrededor de 2,5 millones de años (algo que supone una distancia que se escapa a nuestra comprensión). Por eso, cuando miramos al espacio, estamos viendo el pasado. Observamos cómo era la galaxia de Andrómeda hace 2,5 millones de años, cómo era Próxima Centauri hace 4,2 años y cómo era nuestro Sol hace 8 minutos.

Estas distancias astronómicas, hacen que otras estrellas sean inalcanzables para el hombre, ya que las velocidades a las que viajan nuestros cohetes están muy lejos de la velocidad de la luz, y serían necesarios demasiados años para aterrizar en algún planeta de otro sistema estelar, suponiendo que exista alguno habitable dentro de nuestra galaxia. Por probabilidad debería haberlo, si no en la nuestra, al menos sí en otras. Pero hablar de colonizar otras galaxias parece hoy por hoy una auténtica quimera (ya hemos visto que la más cercana se encuentra a 2,5 millones de años luz).
Sin embargo existe una posibilidad de atravesar dichas distancias en mucho menos tiempo, y aunque suene a ciencia-ficción no lo es. Para ello nuestra civilización debe conseguir el dominio del Hiperespacio: alcanzar energías que le permitan doblegar, arrugar el tejido del espacio-tiempo, y desplazarse hacia lejanas galaxias a través de otras dimensiones. Pero ése es otro tema…

viernes, 19 de marzo de 2010

El Secreto de la Luz (parte I)


Desde los albores de la humanidad, el hombre ha admirado las maravillosas propiedades de la luz, y se ha esforzado continuamente por estudiarlas y comprenderlas.
La importancia de la luz en la vida trasciende más allá de lo imaginable por nuestras mentes, y resulta imprescindible para la propia existencia, pues muy difícilmente sería concebible la existencia de “algo” sin una luz que lo ilumine. Como apunta el Génesis, la luz debió de existir ya desde el Principio: “Y Dios Dijo: Sea la Luz…y la Luz fue".
Pero, ¿qué es la luz? ¿Cómo funciona? ¿Cuáles son sus propiedades? ¿Por qué vemos los objetos? ¿Y por qué los vemos de diferentes colores?

Una posible definición de la luz, que estaría en consonancia con nuestras creencias actuales en materia de física, podría ser esta: la luz es un tipo de radiación electromagnética cuya frecuencia y energía se hallan en el rango visible del espectro electromagnético. Pero para entender esta definición hacen falta unas cuantas consideraciones preliminares.
La luz, como radiación electromagnética, consiste en una onda que se propaga indefinidamente, creando en su recorrido un campo eléctrico y un campo magnético perpendiculares entre sí y respecto a la dirección de propagación. Cada onda posee un espectro electromagnético, algo así como su huella dactilar, que nos permite identificar las propiedades de dicha onda, como su frecuencia, su energía…etc. Las ondas (imaginadlas como olas en el mar), tienen una determinada longitud, que es la distancia entre el máximo de una cresta y el siguiente. Pues bien, esta propiedad, conocida como longitud de onda, es la responsable de que veamos los objetos de diferentes colores.
El ojo humano no detecta todas las longitudes de onda; está diseñado para detectar sólo las que corresponden a determinados valores. Aunque puede variar de una persona a otra, los valores medios están en las longitudes de onda que van desde los 380 a los 750 nanómetros (1 nanómetro es una milmillonésima parte de un metro). Esa sería la franja que conocemos como luz visible. La longitud de onda más corta, por debajo de los 380 nm, no la podemos percibir y es la correspondiente por ejemplo a la luz ultravioleta y a los rayos X. Por encima de los 750 nm tampoco la percibimos, y estaríamos hablando de la luz infrarroja, el radar y las ondas de radio.
En la franja de la luz visible, la que va desde los 380 a los 750 nm (no es necesario que recordéis estos valores, basta con recordar que únicamente visualizamos una determinada franja; de hecho yo he tenido que consultarlos antes de escribirlos), cada longitud de onda se corresponde con un color: las longitudes de onda más largas forman el color rojo, y a medida que van decreciendo, pasamos por el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el añil (o índigo), hasta las longitudes más cortas del color violeta.
La superposición de todas las longitudes de onda nos da el color blanco.
La luz que nos llega del Sol es luz blanca, pues contiene todas las longitudes de onda. Pero si la luz es blanca, ¿por qué vemos los objetos de diferentes colores?
Para responder esta pregunta primero debemos considerar por qué los vemos. No ya con determinados colores, sino simplemente por qué los vemos.
La luz, como cualquier onda, tiene una propiedad denominada reflexión. Cuando la luz incide sobre un cuerpo u objeto, éste la refleja, o sea, la devuelve al medio en mayor o menor proporción según sus propias características. Es decir, la luz “rebota” en el cuerpo y llega a nuestros ojos, que la detectan, la transforman en impulsos eléctricos que se envían al cerebro, y éste produce las imágenes, creando la sensación de ver.
Cada cuerpo refleja la luz de una forma particular, según su composición y estructura. Y puede ocurrir que toda la luz sea reflejada, o sólo una parte. Los cuerpos, dependiendo de sus características, reflejan mayor o menor parte de la luz y absorben el resto. Algunos reflejan determinadas longitudes de onda (colores), y absorben otras. Así, cuando la luz blanca (recordemos que contiene todas las longitudes de onda o colores), incide sobre un cuerpo, lo veremos del color cuya longitud de onda se refleje. Por ejemplo vemos los objetos de color blanco porque reflejan todas las longitudes de onda. El negro en cambio es la ausencia de luz, pues no refleja ninguna. Esta es la explicación de por qué los objetos negros, por ejemplo cuando vestimos ropa negra, se calientan más que el resto: porque no reflejan la luz, absorben todas las longitudes de onda.

El proceso completo, un poco a lo bruto, podría ser algo así:
Un rayo de luz blanca parte de la superficie del Sol, viaja a través del espacio hacia el planeta Tierra, recorre los cerca de 150 millones de kilómetros en aproximadamente 8 minutos (en el próximo artículo hablaré sobre la velocidad de la luz), atraviesa la atmósfera, llega hasta la superficie terrestre e incide sobre un cuerpo. Éste absorbe toda la energía de la luz, excepto la longitud de onda de unos 700 nm, que corresponde al color rojo. Casualmente, yo me encuentro observando el objeto en cuestión. El cuerpo refleja dicha longitud de onda, “la luz roja”, y la dirige hacia mis ojos. El rayo atraviesa la lente de mis ojos y forma una imagen invertida sobre la retina. En ella, unas células específicas transforman la luz en impulsos eléctricos que se transportan al nervio óptico. Finalmente, desde allí se envían al cerebro, donde, a través de un complejo mecanismo en el que intervienen millones de neuronas, se descifran las señales y: "¡¡Oh!! ¡Qué ven mis ojos!!¡¡Una delicada y preciosa rosa roja!!"

martes, 9 de marzo de 2010

Temporal de nieve en Barcelona


Para bien o para mal, las cosas suelen acabar siendo diferentes a lo que uno esperaba. Y en el caso de las previsiones del tiempo esto se cumple siempre.
La meteorología es la ciencia que estudia, entre otros, los fenómenos ocurridos en la atmósfera y las leyes que los rigen. En teoría, el conocimiento de estas leyes debe servir para hacer previsiones sobre el tiempo, y de hecho la fiabilidad de esta ciencia ha logrado importantes avances en los últimos años, causados por la mejora tecnológica de las herramientas e instrumentos utilizados. Sin embargo, la complejidad de elementos que interactúan en la atmósfera hace que algunos fenómenos sean prácticamente impredecibles. En la evolución de la atmósfera influyen innumerables factores, y el mínimo cambio en uno de ellos puede tirar por tierra las predicciones efectuadas. Los propios meteorólogos afirman que cualquier predicción del tiempo más allá de dos días puede resultar “inexacta”. Lo que no dicen es que incluso a cuatro o cinco horas vista, un factor inesperado puede alterar considerablemente las previsiones. No quiero quitar méritos a esta ciencia, que lo cierto es que goza de un alto porcentaje de acierto, pero aunque ayer se dieron varias alertas por fuertes lluvias y nieve a determinada altitud, el temporal de nieve fue bastante mayor de lo esperado, lo que nos demuestra que queda un largo recorrido hasta conseguir que la meteorología sea una ciencia exacta y cien por cien fiable, si es que es posible que alguna vez lo sea.

El lunes 8 de marzo amaneció muy nublado. Las previsiones hablaban de intensas lluvias en buena parte del litoral catalán. En Cornellà de Llobregat, donde se encuentra el polígono en el que trabajo, la mañana transcurrió con ligeras lluvias, pero constantes.
A mediodía éstas se hicieron algo más fuertes, pero aún poco preocupantes, y yo todavía confiaba en que quizá la tormenta amainaría, e incluso podría volver a casa sin necesidad de utilizar el chubasquero de la moto.
Después de comer la situación empeoró ligeramente y aparecieron los primeros copos de nieve, aunque sin llegar a cuajar. Afortunados los que plegaban a las tres, que pudieron volver sin problema alguno, y observaron el temporal desde el sofá de sus hogares.
A las cuatro de la tarde la nieve empezó a cuajar, y en pocos minutos el paisaje que divisábamos a través de las ventanas de la oficina se volvió completamente blanco. Entonces comprendí que no podía volver a casa en moto, y el transporte público se convirtió en la única alternativa posible.
Cerca de las cinco, cuando la nevada se hizo intensa de verdad, como hacía muchos años que no se veía en Barcelona, decidimos no esperar a las seis y marcharnos enseguida a casa, pues el riesgo de quedarnos atrapados en el polígono empezaba a ser una realidad. El resto de naves del polígono también estaban siendo desalojadas, y en el ambiente se respiraba cierto nerviosismo. La carretera empezaba a estar impracticable, las ruedas de los coches patinaban y no se distinguían los carriles.
Cada uno de nosotros pasó su odisea particular en el camino de regreso a casa: algunos tuvieron que dejar el coche a medio trayecto y volver caminando, algunos pasaron horas en el coche por las retenciones en el tráfico, y otros sufrimos las consecuencias de la masificación en el transporte público. En mi caso fue el ferrocarril y el metro. En ambos se generó un pequeño caos, una gran acumulación de gente, todos corriendo y con síntomas de desesperación. En Plaza España, el transbordo al metro fue un suplicio: colas, empujones y quejas. El viaje se me hizo eterno, el vagón parecía a punto de estallar, unos apretados contra otros, y sin apenas poder movernos.
Ya en casa, viendo las noticias, me di cuenta que nuestra experiencia, comparada con lo que estaban pasando otras personas, no pasaba de una simple anécdota, y ciertamente podría haber sido peor. Pero en todo caso quedó demostrado que no estamos preparados para una cosa así.

La nevada de ayer, que tampoco es que fuera una exageración, ni en volumen ni en duración, provocó un caos en la ciudad de Barcelona y alrededores: cortes en las líneas eléctricas, carreteras cerradas, accidentes de tráfico, gente atrapada en sus coches durante horas, averías en algunos transportes públicos y colapso en otros…
Cosas como esta no hacen sino recordarnos lo vulnerables que somos a las inclemencias climáticas de nuestro planeta. La Naturaleza es caprichosa, y de vez en cuando nos ofrece muestras de su poder. Un poder sobrecogedor, que nos empequeñece y nos hace ver la cruda realidad: que no somos más que una minúscula e insignificante gota de agua en el vasto océano del Universo.


"Fotos cedidas por Cristina López, Jaime Lafuente y Rosa Jurado."

martes, 23 de febrero de 2010

La Partícula Divina (The God Particle)


El libro La Partícula Divina, publicado en 1993 por Leon Lederman y Dick Teresi, es una obra de divulgación científica, cuya lectura recomiendo a todos aquellos que, aún siendo legos en la materia, estén interesados en conocer el apasionante mundo de la física de partículas.
Leon Lederman, nacido en 1922 en Nueva York, fue galardonado en 1988 con el Premio Nobel de Física, junto a Melvin Schwartz y Jack Steinberger, por el método del haz de neutrinos y el descubrimiento del neutrino muónico.
Lederman es un físico experimental, que dirigió el Fermilab (laboratorio de física de altas energías situado en Chicago) entre 1979 y 1989, y participó activamente en la revolución cuántica iniciada en la segunda mitad del siglo pasado, con el florecimiento de los grandes aceleradores de partículas, y que dio lugar a la exitosa (aunque incompleta, precisamente a falta de encontrar la partícula de Higgs, a la que hace referencia el título del libro) Teoría del Modelo Estándar. Esta teoría describe las partículas y fuerzas elementales de la materia (en un próximo artículo entraré al detalle en esta teoría, pues creo que merece la pena).
En esta obra, el autor nos ofrece un ameno recorrido por la historia de la ciencia en su búsqueda del á-tomo (no el átomo tal y como lo conocemos hoy en día, sino como elemento último e indivisible de la materia, del que todo y todos estamos hechos).
Desde Demócrito hasta Schrödinger, pasando por Dalton, Thomson, Bohr y Rutherford, entre muchos otros, hacemos un viaje hasta la visión actual de la estructura interna de la materia. Por supuesto, sin olvidarse de las vitales contribuciones de algunos de los más grandes, como Galileo, Newton o el propio Einstein.
El libro está escrito en un lenguaje totalmente asequible (al menos durante la primera mitad del texto) para el lector profano en esta materia, incluso con abundantes dosis de humor y con curiosas anécdotas que le suceden al físico experimental en el desarrollo de su trabajo. Y aunque la segunda parte del libro se torna un poco más compleja, no es por ello menos interesante.
La narración es entretenida, con ingeniosas analogías y metáforas, que permiten comprender los complicados y abstractos conceptos inherentes a las matemáticas y a la física cuántica. El autor consigue contagiar al lector con la pasión que sienten los físicos cuando se encuentran inmersos en un experimento, lo que les pasa por la cabeza al realizar un gran descubrimiento: la grandeza de ser el primero en revelar una propiedad de la naturaleza, y que hace que por unos instantes se sientan más cerca de Él, de Su pensamiento.
Para alguien como yo, más acostumbrado a leer a físicos teóricos, ha sido muy interesante y provechoso contemplar la física desde otro punto de vista, el de los físicos experimentales, aquellos que verifican las teorías confeccionadas por los primeros.
Lederman demuestra cierta hostilidad hacia los teóricos, como si existiera cierta rivalidad oculta entre los dos tipos de físicos, e intenta hacernos ver que sin ellos (los experimentales) la ciencia no avanzaría como tal, pues ellos son los que confirman o refutan las teorías. Yo creo más bien que ambos son necesarios y se complementan, pues para demostrar mediante experimentos las teorías, alguien las debe elaborar, y su vez, experimentos innovadores y perfeccionados aportan pruebas e ideas para nuevas teorías. Aún así, no es malo que exista una cierta competencia, siempre que sea sana. Y no sólo en la ciencia, sino en cualquier ámbito, pues es una excelente base para la superación y el progreso.
La Partícula Divina también logra que nos hagamos una idea bastante aproximada, (saltándonos evidentemente ciertos detalles técnicos), del funcionamiento de un acelerador de partículas, e incluso llegamos a comprender cómo los detectores consiguen “visualizar” las partículas.
Los primeros aceleradores aparecieron a principios de los años 30. Lederman nos habla del primer ciclotrón de protones, del primer sincrotrón del laboratorio nacional Brookhaven (en Nueva York), y de cómo, espoleados por los avances teóricos, se introdujeron sustanciales mejoras tecnológicas, que permitieron que dichas máquinas evolucionaran y se perfeccionaran, consiguiendo cada vez mayores energías. Dichas teorías, para ser confirmadas, dependían del hallazgo de las partículas predichas, cada vez más pesadas, y que por tanto requerían cada vez energías más altas.
El propio Fermilab dispone del Tevatron, que hasta la construcción del LHC en Suiza, fue el mayor acelerador del planeta. El Tevatron es un sincrotrón que acelera protones y antiprotones hasta energías cercanas a 1 TeV (un billón de electronvoltios), y gracias a él, el Fermilab anunció en 1995 el descubrimiento del Quark Top, que aún no había sido descubierto en la fecha de publicación del libro.
Por esas fechas, Lederman, y así lo refleja en el libro, estaba entusiasmado con la construcción en Dallas (Texas) del que iba a ser el mayor acelerador del mundo, el SSC (Superconductor Supercolisionador), aunque precisamente a finales de 1993, año de publicación del libro, el congreso de los Estados Unidos canceló el proyecto. Un proyecto del que el propio Lederman había sido partícipe. El autor confiaba en que el SSC encontraría la partícula de Higgs, y completaría y daría sentido al Modelo Estándar. Se estimaba que este colisionador iba a llegar a energías cercanas a los 20 TeV, bastante más del doble de las que se espera que consiga el LHC, unos 7 TeV. Así, este acelerador de hadrones, situado en el CERN, en Ginebra, es el mayor jamás construido, y asegura la supremacía y liderazgo, en materia de física nuclear, de Europa sobre Estados Unidos, y se ha convertido en el único candidato a encontrar la tan esquiva Partícula Divina.
No deberíamos tardar demasiado en ver si lo consigue.