domingo, 6 de junio de 2010

Medir el paso del tiempo

Felicidades Mayte

“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz”
He aquí la letra de la canción más universal de todas. En diferentes idiomas, pero con las mismas notas, se ha convertido en la canción más popular del mundo.
Para los seres humanos, el cumpleaños se ha convertido en un acontecimiento muy importante y en un motivo de celebración. Todos conocemos la fecha de nuestro nacimiento, la de nuestros seres queridos y la de nuestros amigos. Y los más cotillas - o aburridos, según se mire - hasta la de los famosos de las revistas del corazón.
El concepto de cumplir años, de tener una edad determinada, está tan asumido en nuestro cerebro que lo vemos como algo natural, pero en realidad es un concepto totalmente artificial, es decir, una invención del hombre, nacida de la necesidad de marcar el momento de ocurrencia de un suceso, de medir el paso del tiempo.

Como todo el mundo sabe, la fecha marcada como el nacimiento de una persona - el mío, el tuyo y el de todos - es el momento en que el planeta Tierra se halla situado en un punto determinado de su órbita alrededor del Sol, y cada vez que vuelva a estar en dicho punto - nunca será exactamente el mismo - será cuando celebremos el cumpleaños.
Evidentemente, es mucho más práctico - y breve - decir: “Hola, tengo 34 años”, que: “Hola, desde que existo el planeta ha dado 34 vueltas alrededor del Sol”, pero al final cumplir años no es otra cosa que contar las vueltas completadas alrededor de una estrella amarilla ordinaria - el Sol - mientras viajamos en este vehículo llamado Tierra. El cumpleaños en sí mismo no tiene significado alguno. De hecho, si dos personas nacieran en el mismo instante, una en la Tierra y otra en un planeta con una órbita diferente, por ejemplo Venus, cuando la de la Tierra cumpliera 50 años, la de Venus cumpliría aproximadamente 81, sin embargo el intervalo de tiempo real transcurrido para ambos es idéntico. Han vivido el mismo tiempo, pero cada uno afirmaría tener una edad diferente, pues cada uno mediría el año en base a las vueltas que realizase su planeta.
Los años - y los meses, y los días, y las horas… - no son nada más que una forma totalmente arbitraria de medir el paso del tiempo. Es la que es, pero podría ser otra, e igualmente válida.

Año y día son los nombres que hemos puesto, respectivamente, a la duración del movimiento del planeta alrededor del Sol - traslación - y sobre su propio eje - rotación -. Desgraciadamente no es posible dividir la duración del año en un número exacto de días. Habría sido muy bonito - y significativo - que la duración total de una vuelta alrededor del Sol fuese igual a un número exacto de vueltas del planeta sobre sí mismo, pero no es así, lo que demuestra la artificialidad de los conceptos.
Durante una vuelta al Sol el planeta gira sobre sí mismo 365,24 veces. Es decir, 365 días, 5 horas, 48 minutos y unos 45 segundos. Por eso cada cuatro años tenemos que añadir un día, originando los años bisiestos. Pero ni siquiera con ese “truco” conseguimos ajustar los valores, y el calendario gregoriano - usado de forma oficial en la mayor parte del mundo en la actualidad - tiene previstos otros ajustes a más largo plazo. Cada 100 años nos saltamos un año bisiesto, a excepción de los divisibles entre 400, es decir, los años 1700, 1800 y 1900 no fueron bisiestos, pero el año 2000 sí. Así se consigue minimizar el error a una media de 26 segundos por año, lo que significa que más o menos cada 3324 años - es posible que este dato varíe debido a la desaceleración de la velocidad de giro del planeta sobre sí mismo - habrá que volver a hacer un ajuste de un día. Apuntadlo en vuestros calendarios: aunque le tocaría, seguramente el año 3324 no será bisiesto.

El concepto de año basado en el movimiento de traslación, y el de día basado en el de rotación es algo ampliamente conocido por todos. Nos lo enseñaron en el colegio.
Lo que tal vez no sea tan conocido es la razón del resto de conceptos usados para medir el paso del tiempo. Si explicáramos a un extraterrestre nuestra peculiar forma de contar y dividir el tiempo seguramente nos miraría con gesto incrédulo. Y es que por muy asumido que lo tengamos no deja de ser un batiburrillo de números y conceptos.
Veamos: dejando de lado grandes plazos de tiempo - como milenios y siglos - los humanos contamos el tiempo en años, que se dividen en 12 periodos o meses de 30 o 31 días, excepto uno de 28, que cada 4 años pasa a tener 29. También utilizamos las semanas, que son grupos de 7 días. Los días los dividimos en 24 horas, con una duración de 60 minutos cada una, y con 60 segundos por minuto. Los segundos se dividen a su vez en 10 partes o décimas, luego en 100 o centésimas, y así sucesivamente con partes cada vez más pequeñas.
Casi nada.
¿Y todo esto por qué? ¿No sería mejor algo más sencillo y uniforme?
Las causas son de todo tipo: históricas, socio-culturales, religiosas e incluso matemáticas.
Una de ellas es la utilización de la numeración en base 12 y en base 60. Hoy en día el sistema numérico más utilizado y al que todos estamos acostumbrados es el decimal o de base 10, pero algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia y la sumeria, preferían aquellos sistemas por varias razones. Una tiene que ver con la forma que tenían de contar con los dedos de las manos. Nosotros solemos contar con los dedos hasta diez - podemos contar hasta que nos cansemos, pero siempre en grupos de diez - , pero ellos eran capaces de hacerlo hasta sesenta. Veamos esta ingeniosa forma: con el dedo pulgar de una mano contaban las falanges de los otros cuatro dedos. Como cada dedo tiene tres falanges podían contar hasta doce. Y cada vez que contaban doce con esa mano levantaban un dedo de la otra, así podían contar hasta doce cinco veces, o sea, hasta sesenta. De esa forma los números 12 y 60 pasaron a ser considerados como números especiales, convirtiéndose en referencia habitual para todo tipo de mediciones.
Otra razón para utilizar esos sistemas numéricos era que facilitaban mucho los cálculos en el comercio agrícola y ganadero. Partir diez gallinas en tercios o en cuartos tenía su dificultad - si es que las querías vivas -, sin embargo con doce o con sesenta era mucho más sencillo. Hay que tener en cuenta que el número sesenta es el número menor divisible entre 1, 2, 3, 4, 5 y 6.
Algunas de estas mediciones, con el poder de la costumbre, han persistido hasta la actualidad, como la docena de huevos o la medición de los ángulos - una circunferencia tiene 360 grados, o sea, seis veces sesenta - .
O como tener un día de 24 horas. Con esa forma de contar, no es de extrañar que decidieran dividir el día - entendido como las horas de sol - en 12 partes, y por tanto la noche en otras tantas. Después, cada una de estas 24 partes u horas se dividió en 60 partes más, los minutos. Y estos en 60 partes más, los segundos. Así se ha mantenido hasta hoy. La división de los segundos en partes más pequeñas es un concepto moderno, y por eso se utilizó el sistema decimal creando las décimas, centésimas, milésimas…etc.

El origen de las semanas tiene una connotación religiosa conocida por todos, al menos en las sociedades católicas. Ya lo dice la Biblia: “Dios creó el mundo en seis días y el séptimo descansó”.
Aunque la causa real quizá obedezca más a la observación astronómica. Los primeros astrónomos observaron en el firmamento siete cuerpos celestes. Los más evidentes eran el Sol y la Luna. Los otros cinco eran los planetas conocidos en aquella época: Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno. El origen de los nombres de los días de la semana queda más que explicado. El nombre domingo proviene del latín dies dominicus, que significa el día del Señor, pero ya en la antigua Roma se llamaba dies solis, y se ha mantenido en algunos idiomas, por ejemplo en inglés - sunday, el día del Sol -.

La división del año en 12 meses viene explicada por las fases de la luna. Mientras el planeta da una vuelta al Sol, la Luna da aproximadamente 12,5 vueltas al planeta, una cada 29,5 días. Una vez más los periodos no son exactos, así que un año debería durar doce meses y medio. Para tener un número redondo había que decidir entre 12 o 13 meses. Sin duda en la decisión final algo tuvo que ver de nuevo el sistema en base 12, y por supuesto algo de superstición.
Como curiosidad en la Antigua Roma el año se dividía inicialmente en 10 meses. El año empezaba en marzo, y de ahí los nombres de los 4 últimos meses: septiembre, octubre, noviembre y diciembre, pues eran los meses del séptimo al décimo. Una vez más esto no se adecuaba al año completo y hubo que añadir dos meses más: enero y febrero. Y aunque posteriormente se colocaron los primeros, originalmente estaban al final - por eso el día de ajuste en los años bisiestos se coloca en febrero, porque era el último.


Como vemos, la forma de medir el tiempo es una invención del hombre, y se ha ido creando y modificando continuamente en la historia de la humanidad. No le demos más importancia de la que tiene. Es simplemente eso, una forma de medir el paso del tiempo.

El tiempo de vida es un valioso regalo que nos otorga la Naturaleza, pero su duración es finita, y más bien escasa. Precisamente por eso no hemos de obsesionarnos en medir esa duración. No digo que haya que abandonar esas mediciones, pues son muy útiles y absolutamente necesarias, pero no debemos darle tanta importancia al paso del tiempo. Lo primordial no es cumplir años, sino vivirlos intensamente. Debemos concentrarnos en lo realmente significativo, en aprovechar al máximo el tiempo que nos han concedido, sintiendo, experimentando emociones, desarrollando nuevas actividades que nos permitan evolucionar y crecer como personas. Todos somos diferentes, y cada uno debe buscar aquellas experiencias que le hagan sentir vivo, desechando - o minimizando, pues algunas son inevitables - las actividades rutinarias, esas que nos atenazan y ahogan diariamente, de forma que consigamos demostrar que la vida no se limita simplemente a viajar en un planeta alrededor de una estrella, contando cuántas vueltas completamos. La vida es mucho más que eso. Vivámosla.

viernes, 7 de mayo de 2010

Relatos de manwe: El collar


Hace poco he terminado un curso de relato breve. En una de las clases nos pusieron como deberes escribir un pequeño relato, con tema y longitud libres. Con el poco tiempo de que dispuse, el resultado no fue el óptimo, pero bueno, es lo que escribí, y así se queda.
A medida que escriba más relatos, los iré colgando, y espero que con más tiempo y dedicación sean mejores que éste, que al fin y al cabo es el primero.
Adjunto el enlace:
El collar

domingo, 18 de abril de 2010

El secreto de la luz (parte II)


El problema fundamental de la luz es conocer su naturaleza. ¿Es un fenómeno ondulatorio o corpuscular? Es decir, ¿está compuesta por ondas o por partículas?
Durante los últimos cuatrocientos años se ha debatido dicha cuestión, con argumentos, teorías y experimentos a favor y en contra de ambas posturas. Hubo épocas en las que predominaba la teoría ondulatoria y épocas en que lo hacía la teoría corpuscular.
Hoy en día, en nuestra visión moderna de la física y de la ciencia, es aceptado comúnmente que ambas teorías son correctas. Se ha asentado en la comunidad científica la idea de la doble naturaleza de la luz. Y es una idea muy arraigada, por extraña que sea. Nuestro sentido común nos dice que una cosa no puede ser dos cosas, o es una, o es otra, pero no las dos a la vez. Sin embargo, todos los experimentos realizados ratifican que la luz se comporta a veces como una onda, y a veces como una partícula.
A esta propiedad, cuyo origen se encuentra en la física cuántica, se le conoce con el nombre de dualidad onda-partícula, y es debida a que determinados fenómenos son explicables sólo si la luz se comporta como una onda, y otros sólo si está formada por partículas. Así, dependiendo de qué tipo de fenómeno estemos intentando explicar, nos interesará considerar a la luz como una onda o como una partícula.

La luz, considerada como una onda, viaja a diferentes velocidades dependiendo del medio por el que se propague (aire, agua, etc…). Esto da lugar a una curiosa propiedad de la luz denominada refracción. La refracción no es más que un cambio en la dirección de la luz cuando pasa de un medio a otro, provocado por el cambio en la velocidad. ¿Y por qué cambia de dirección al cambiar de velocidad? Pues porque existe una ley que le obliga a comportarse así, y es la que dice que la luz, para llegar de un punto a otro, siempre elige el camino cuyo recorrido le ocupe el menor tiempo posible. Veamos un ejemplo para entenderlo mejor: imaginad que sois un socorrista en la playa de Santa Mónica, en Los Ángeles. Sí, la de la serie Los vigilantes de la playa. Así el ejemplo será más ameno. Os encontráis en vuestra torreta de control (punto A), exhibiendo vuestro escultural cuerpo y vuestra piel bronceada. De repente se oyen unos gritos. Un despistado bañista (punto B) se encuentra en apuros en el agua, digamos a unos 300 metros de distancia y a unos 45º desde vuestra posición. Cogéis el salvavidas, ese naranja que siempre llevaban en la serie, y salís corriendo hacia el bañista, tratando de llegar hasta él en el menor tiempo posible. La primera idea es ir directamente en línea recta hacia el bañista, pero puesto que la velocidad corriendo por la arena es muy diferente a la velocidad nadando por el agua, la trayectoria más rápida no sería una línea recta hacia él, sino una línea quebrada. Imaginad que sois más rápidos nadando que corriendo. Lo ideal sería llegar cuanto antes al agua, es decir, seguir una línea recta y perpendicular a la orilla, y una vez en el agua, girar y trazar otra línea recta hacia el bañista. De esa forma recorreríais menor distancia en la arena, donde sois más lentos y más distancia en el agua, donde sois más rápidos. Y precisamente así es como funciona la luz, cambiando de dirección cuando cambia de medio, o sea, refractándose. Por eso parece quebrado un lápiz cuando lo sumergimos en un vaso de agua.

Hemos visto que las ondas (recordemos que la luz se puede considerar como una onda), al cambiar de medio, por ejemplo del aire al agua, o al atravesar un material, desvían su dirección por refracción, pero dependiendo de su longitud de onda se desviarán más o menos: a menor longitud de onda mayor desviación. Así, cuando un rayo de luz blanca (que contiene todas las longitudes de onda) atraviesa un prisma, es desviado por refracción, pero además se descompone en todos los colores (diferentes longitudes), pues cada uno se desvía con un ángulo diferente. Esta propiedad se conoce como dispersión de la luz, y es la responsable por ejemplo de la aparición del arco iris. Cuando los rayos del sol atraviesan las diminutas e innumerables gotas de humedad contenidas en la atmósfera terrestre, éstas actúan como prismas, dispersando la luz en todas sus longitudes de onda, en todos sus colores, formando así el arco iris.
La refracción y la dispersión también son las responsables de que veamos el cielo azul. Los rayos solares, en su recorrido hasta nosotros, chocan con partículas de aire que también actúan como prismas, dispersando la luz blanca en todos los colores.
Los rayos de longitudes de onda larga (rojos y amarillos) casi no se desvían, mientras que los rayos violetas y azules son los más desviados. Éstos varían su trayectoria, y vuelven a chocar con otras partículas, y así sucesivamente, rebotando una y otra vez hasta que alcanzan el suelo terrestre. Así, cuando finalmente llegan a nuestros ojos, no parece que vengan directamente del Sol, sino de todas las regiones del cielo, provocando que lo veamos azulado (no lo vemos violeta porque la luz del Sol contiene más azul que violeta y porque el ojo humano es más sensible a la captación de luz azul).

Otra de las propiedades más interesantes de la luz es su velocidad. Hoy sabemos que es finita, y conocemos exactamente su valor, pero no siempre fue así. Ya en el siglo I d.C. se plantearon si la luz tenía una velocidad determinada. Una de las creencias más antiguas al respecto era que la luz era emitida por el ojo. Siendo así, y puesto que los objetos, incluso los muy lejanos como planetas y estrellas, aparecían instantáneamente nada más abrir los ojos, se llegó a postular que la velocidad de la luz debía ser infinita. Hoy sabemos que no es así.
El ojo no emite luz, sólo la capta; y ni mucho menos ésta tiene una velocidad infinita. Aunque es rápida, muy rápida. De hecho, no existe nada que viaje más rápido que la luz. Su velocidad es la máxima que permite la Naturaleza.
La velocidad de la luz es de unos 300.000 kilómetros por segundo. El valor exacto aceptado en la actualidad, obviando algunos decimales, es de 299.792,458 km/s. Esta es la velocidad en el vacío, y se representa con la letra c, pero cuando viaja por otros medios es algo inferior, dependiendo de las propiedades de dichos medios. Así, al propagarse por el aire la velocidad disminuye un 3%, y por el agua casi un 25%.
Esta fantástica velocidad permite a la luz dar 7,5 vueltas al planeta Tierra en un segundo, y nos hace parecer que su efecto es instantáneo, pero no es así. Para que los efectos sean palpables hemos de mirar a las estrellas. La luz que sale del Astro Rey tarda algo más de ocho minutos en llegar a nosotros. La siguiente estrella más cercana es Próxima Centauri, situada a 4,2 años luz, es decir, que su luz tarda aproximadamente 4,2 años en llegar hasta la Tierra (lo que nos da una idea de la excepcional distancia a la que se encuentra). Y la galaxia más cercana a la nuestra es Andrómeda, cuya luz partió de allí hace alrededor de 2,5 millones de años (algo que supone una distancia que se escapa a nuestra comprensión). Por eso, cuando miramos al espacio, estamos viendo el pasado. Observamos cómo era la galaxia de Andrómeda hace 2,5 millones de años, cómo era Próxima Centauri hace 4,2 años y cómo era nuestro Sol hace 8 minutos.

Estas distancias astronómicas, hacen que otras estrellas sean inalcanzables para el hombre, ya que las velocidades a las que viajan nuestros cohetes están muy lejos de la velocidad de la luz, y serían necesarios demasiados años para aterrizar en algún planeta de otro sistema estelar, suponiendo que exista alguno habitable dentro de nuestra galaxia. Por probabilidad debería haberlo, si no en la nuestra, al menos sí en otras. Pero hablar de colonizar otras galaxias parece hoy por hoy una auténtica quimera (ya hemos visto que la más cercana se encuentra a 2,5 millones de años luz).
Sin embargo existe una posibilidad de atravesar dichas distancias en mucho menos tiempo, y aunque suene a ciencia-ficción no lo es. Para ello nuestra civilización debe conseguir el dominio del Hiperespacio: alcanzar energías que le permitan doblegar, arrugar el tejido del espacio-tiempo, y desplazarse hacia lejanas galaxias a través de otras dimensiones. Pero ése es otro tema…

viernes, 19 de marzo de 2010

El Secreto de la Luz (parte I)


Desde los albores de la humanidad, el hombre ha admirado las maravillosas propiedades de la luz, y se ha esforzado continuamente por estudiarlas y comprenderlas.
La importancia de la luz en la vida trasciende más allá de lo imaginable por nuestras mentes, y resulta imprescindible para la propia existencia, pues muy difícilmente sería concebible la existencia de “algo” sin una luz que lo ilumine. Como apunta el Génesis, la luz debió de existir ya desde el Principio: “Y Dios Dijo: Sea la Luz…y la Luz fue".
Pero, ¿qué es la luz? ¿Cómo funciona? ¿Cuáles son sus propiedades? ¿Por qué vemos los objetos? ¿Y por qué los vemos de diferentes colores?

Una posible definición de la luz, que estaría en consonancia con nuestras creencias actuales en materia de física, podría ser esta: la luz es un tipo de radiación electromagnética cuya frecuencia y energía se hallan en el rango visible del espectro electromagnético. Pero para entender esta definición hacen falta unas cuantas consideraciones preliminares.
La luz, como radiación electromagnética, consiste en una onda que se propaga indefinidamente, creando en su recorrido un campo eléctrico y un campo magnético perpendiculares entre sí y respecto a la dirección de propagación. Cada onda posee un espectro electromagnético, algo así como su huella dactilar, que nos permite identificar las propiedades de dicha onda, como su frecuencia, su energía…etc. Las ondas (imaginadlas como olas en el mar), tienen una determinada longitud, que es la distancia entre el máximo de una cresta y el siguiente. Pues bien, esta propiedad, conocida como longitud de onda, es la responsable de que veamos los objetos de diferentes colores.
El ojo humano no detecta todas las longitudes de onda; está diseñado para detectar sólo las que corresponden a determinados valores. Aunque puede variar de una persona a otra, los valores medios están en las longitudes de onda que van desde los 380 a los 750 nanómetros (1 nanómetro es una milmillonésima parte de un metro). Esa sería la franja que conocemos como luz visible. La longitud de onda más corta, por debajo de los 380 nm, no la podemos percibir y es la correspondiente por ejemplo a la luz ultravioleta y a los rayos X. Por encima de los 750 nm tampoco la percibimos, y estaríamos hablando de la luz infrarroja, el radar y las ondas de radio.
En la franja de la luz visible, la que va desde los 380 a los 750 nm (no es necesario que recordéis estos valores, basta con recordar que únicamente visualizamos una determinada franja; de hecho yo he tenido que consultarlos antes de escribirlos), cada longitud de onda se corresponde con un color: las longitudes de onda más largas forman el color rojo, y a medida que van decreciendo, pasamos por el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el añil (o índigo), hasta las longitudes más cortas del color violeta.
La superposición de todas las longitudes de onda nos da el color blanco.
La luz que nos llega del Sol es luz blanca, pues contiene todas las longitudes de onda. Pero si la luz es blanca, ¿por qué vemos los objetos de diferentes colores?
Para responder esta pregunta primero debemos considerar por qué los vemos. No ya con determinados colores, sino simplemente por qué los vemos.
La luz, como cualquier onda, tiene una propiedad denominada reflexión. Cuando la luz incide sobre un cuerpo u objeto, éste la refleja, o sea, la devuelve al medio en mayor o menor proporción según sus propias características. Es decir, la luz “rebota” en el cuerpo y llega a nuestros ojos, que la detectan, la transforman en impulsos eléctricos que se envían al cerebro, y éste produce las imágenes, creando la sensación de ver.
Cada cuerpo refleja la luz de una forma particular, según su composición y estructura. Y puede ocurrir que toda la luz sea reflejada, o sólo una parte. Los cuerpos, dependiendo de sus características, reflejan mayor o menor parte de la luz y absorben el resto. Algunos reflejan determinadas longitudes de onda (colores), y absorben otras. Así, cuando la luz blanca (recordemos que contiene todas las longitudes de onda o colores), incide sobre un cuerpo, lo veremos del color cuya longitud de onda se refleje. Por ejemplo vemos los objetos de color blanco porque reflejan todas las longitudes de onda. El negro en cambio es la ausencia de luz, pues no refleja ninguna. Esta es la explicación de por qué los objetos negros, por ejemplo cuando vestimos ropa negra, se calientan más que el resto: porque no reflejan la luz, absorben todas las longitudes de onda.

El proceso completo, un poco a lo bruto, podría ser algo así:
Un rayo de luz blanca parte de la superficie del Sol, viaja a través del espacio hacia el planeta Tierra, recorre los cerca de 150 millones de kilómetros en aproximadamente 8 minutos (en el próximo artículo hablaré sobre la velocidad de la luz), atraviesa la atmósfera, llega hasta la superficie terrestre e incide sobre un cuerpo. Éste absorbe toda la energía de la luz, excepto la longitud de onda de unos 700 nm, que corresponde al color rojo. Casualmente, yo me encuentro observando el objeto en cuestión. El cuerpo refleja dicha longitud de onda, “la luz roja”, y la dirige hacia mis ojos. El rayo atraviesa la lente de mis ojos y forma una imagen invertida sobre la retina. En ella, unas células específicas transforman la luz en impulsos eléctricos que se transportan al nervio óptico. Finalmente, desde allí se envían al cerebro, donde, a través de un complejo mecanismo en el que intervienen millones de neuronas, se descifran las señales y: "¡¡Oh!! ¡Qué ven mis ojos!!¡¡Una delicada y preciosa rosa roja!!"

martes, 9 de marzo de 2010

Temporal de nieve en Barcelona


Para bien o para mal, las cosas suelen acabar siendo diferentes a lo que uno esperaba. Y en el caso de las previsiones del tiempo esto se cumple siempre.
La meteorología es la ciencia que estudia, entre otros, los fenómenos ocurridos en la atmósfera y las leyes que los rigen. En teoría, el conocimiento de estas leyes debe servir para hacer previsiones sobre el tiempo, y de hecho la fiabilidad de esta ciencia ha logrado importantes avances en los últimos años, causados por la mejora tecnológica de las herramientas e instrumentos utilizados. Sin embargo, la complejidad de elementos que interactúan en la atmósfera hace que algunos fenómenos sean prácticamente impredecibles. En la evolución de la atmósfera influyen innumerables factores, y el mínimo cambio en uno de ellos puede tirar por tierra las predicciones efectuadas. Los propios meteorólogos afirman que cualquier predicción del tiempo más allá de dos días puede resultar “inexacta”. Lo que no dicen es que incluso a cuatro o cinco horas vista, un factor inesperado puede alterar considerablemente las previsiones. No quiero quitar méritos a esta ciencia, que lo cierto es que goza de un alto porcentaje de acierto, pero aunque ayer se dieron varias alertas por fuertes lluvias y nieve a determinada altitud, el temporal de nieve fue bastante mayor de lo esperado, lo que nos demuestra que queda un largo recorrido hasta conseguir que la meteorología sea una ciencia exacta y cien por cien fiable, si es que es posible que alguna vez lo sea.

El lunes 8 de marzo amaneció muy nublado. Las previsiones hablaban de intensas lluvias en buena parte del litoral catalán. En Cornellà de Llobregat, donde se encuentra el polígono en el que trabajo, la mañana transcurrió con ligeras lluvias, pero constantes.
A mediodía éstas se hicieron algo más fuertes, pero aún poco preocupantes, y yo todavía confiaba en que quizá la tormenta amainaría, e incluso podría volver a casa sin necesidad de utilizar el chubasquero de la moto.
Después de comer la situación empeoró ligeramente y aparecieron los primeros copos de nieve, aunque sin llegar a cuajar. Afortunados los que plegaban a las tres, que pudieron volver sin problema alguno, y observaron el temporal desde el sofá de sus hogares.
A las cuatro de la tarde la nieve empezó a cuajar, y en pocos minutos el paisaje que divisábamos a través de las ventanas de la oficina se volvió completamente blanco. Entonces comprendí que no podía volver a casa en moto, y el transporte público se convirtió en la única alternativa posible.
Cerca de las cinco, cuando la nevada se hizo intensa de verdad, como hacía muchos años que no se veía en Barcelona, decidimos no esperar a las seis y marcharnos enseguida a casa, pues el riesgo de quedarnos atrapados en el polígono empezaba a ser una realidad. El resto de naves del polígono también estaban siendo desalojadas, y en el ambiente se respiraba cierto nerviosismo. La carretera empezaba a estar impracticable, las ruedas de los coches patinaban y no se distinguían los carriles.
Cada uno de nosotros pasó su odisea particular en el camino de regreso a casa: algunos tuvieron que dejar el coche a medio trayecto y volver caminando, algunos pasaron horas en el coche por las retenciones en el tráfico, y otros sufrimos las consecuencias de la masificación en el transporte público. En mi caso fue el ferrocarril y el metro. En ambos se generó un pequeño caos, una gran acumulación de gente, todos corriendo y con síntomas de desesperación. En Plaza España, el transbordo al metro fue un suplicio: colas, empujones y quejas. El viaje se me hizo eterno, el vagón parecía a punto de estallar, unos apretados contra otros, y sin apenas poder movernos.
Ya en casa, viendo las noticias, me di cuenta que nuestra experiencia, comparada con lo que estaban pasando otras personas, no pasaba de una simple anécdota, y ciertamente podría haber sido peor. Pero en todo caso quedó demostrado que no estamos preparados para una cosa así.

La nevada de ayer, que tampoco es que fuera una exageración, ni en volumen ni en duración, provocó un caos en la ciudad de Barcelona y alrededores: cortes en las líneas eléctricas, carreteras cerradas, accidentes de tráfico, gente atrapada en sus coches durante horas, averías en algunos transportes públicos y colapso en otros…
Cosas como esta no hacen sino recordarnos lo vulnerables que somos a las inclemencias climáticas de nuestro planeta. La Naturaleza es caprichosa, y de vez en cuando nos ofrece muestras de su poder. Un poder sobrecogedor, que nos empequeñece y nos hace ver la cruda realidad: que no somos más que una minúscula e insignificante gota de agua en el vasto océano del Universo.


"Fotos cedidas por Cristina López, Jaime Lafuente y Rosa Jurado."

martes, 23 de febrero de 2010

La Partícula Divina (The God Particle)


El libro La Partícula Divina, publicado en 1993 por Leon Lederman y Dick Teresi, es una obra de divulgación científica, cuya lectura recomiendo a todos aquellos que, aún siendo legos en la materia, estén interesados en conocer el apasionante mundo de la física de partículas.
Leon Lederman, nacido en 1922 en Nueva York, fue galardonado en 1988 con el Premio Nobel de Física, junto a Melvin Schwartz y Jack Steinberger, por el método del haz de neutrinos y el descubrimiento del neutrino muónico.
Lederman es un físico experimental, que dirigió el Fermilab (laboratorio de física de altas energías situado en Chicago) entre 1979 y 1989, y participó activamente en la revolución cuántica iniciada en la segunda mitad del siglo pasado, con el florecimiento de los grandes aceleradores de partículas, y que dio lugar a la exitosa (aunque incompleta, precisamente a falta de encontrar la partícula de Higgs, a la que hace referencia el título del libro) Teoría del Modelo Estándar. Esta teoría describe las partículas y fuerzas elementales de la materia (en un próximo artículo entraré al detalle en esta teoría, pues creo que merece la pena).
En esta obra, el autor nos ofrece un ameno recorrido por la historia de la ciencia en su búsqueda del á-tomo (no el átomo tal y como lo conocemos hoy en día, sino como elemento último e indivisible de la materia, del que todo y todos estamos hechos).
Desde Demócrito hasta Schrödinger, pasando por Dalton, Thomson, Bohr y Rutherford, entre muchos otros, hacemos un viaje hasta la visión actual de la estructura interna de la materia. Por supuesto, sin olvidarse de las vitales contribuciones de algunos de los más grandes, como Galileo, Newton o el propio Einstein.
El libro está escrito en un lenguaje totalmente asequible (al menos durante la primera mitad del texto) para el lector profano en esta materia, incluso con abundantes dosis de humor y con curiosas anécdotas que le suceden al físico experimental en el desarrollo de su trabajo. Y aunque la segunda parte del libro se torna un poco más compleja, no es por ello menos interesante.
La narración es entretenida, con ingeniosas analogías y metáforas, que permiten comprender los complicados y abstractos conceptos inherentes a las matemáticas y a la física cuántica. El autor consigue contagiar al lector con la pasión que sienten los físicos cuando se encuentran inmersos en un experimento, lo que les pasa por la cabeza al realizar un gran descubrimiento: la grandeza de ser el primero en revelar una propiedad de la naturaleza, y que hace que por unos instantes se sientan más cerca de Él, de Su pensamiento.
Para alguien como yo, más acostumbrado a leer a físicos teóricos, ha sido muy interesante y provechoso contemplar la física desde otro punto de vista, el de los físicos experimentales, aquellos que verifican las teorías confeccionadas por los primeros.
Lederman demuestra cierta hostilidad hacia los teóricos, como si existiera cierta rivalidad oculta entre los dos tipos de físicos, e intenta hacernos ver que sin ellos (los experimentales) la ciencia no avanzaría como tal, pues ellos son los que confirman o refutan las teorías. Yo creo más bien que ambos son necesarios y se complementan, pues para demostrar mediante experimentos las teorías, alguien las debe elaborar, y su vez, experimentos innovadores y perfeccionados aportan pruebas e ideas para nuevas teorías. Aún así, no es malo que exista una cierta competencia, siempre que sea sana. Y no sólo en la ciencia, sino en cualquier ámbito, pues es una excelente base para la superación y el progreso.
La Partícula Divina también logra que nos hagamos una idea bastante aproximada, (saltándonos evidentemente ciertos detalles técnicos), del funcionamiento de un acelerador de partículas, e incluso llegamos a comprender cómo los detectores consiguen “visualizar” las partículas.
Los primeros aceleradores aparecieron a principios de los años 30. Lederman nos habla del primer ciclotrón de protones, del primer sincrotrón del laboratorio nacional Brookhaven (en Nueva York), y de cómo, espoleados por los avances teóricos, se introdujeron sustanciales mejoras tecnológicas, que permitieron que dichas máquinas evolucionaran y se perfeccionaran, consiguiendo cada vez mayores energías. Dichas teorías, para ser confirmadas, dependían del hallazgo de las partículas predichas, cada vez más pesadas, y que por tanto requerían cada vez energías más altas.
El propio Fermilab dispone del Tevatron, que hasta la construcción del LHC en Suiza, fue el mayor acelerador del planeta. El Tevatron es un sincrotrón que acelera protones y antiprotones hasta energías cercanas a 1 TeV (un billón de electronvoltios), y gracias a él, el Fermilab anunció en 1995 el descubrimiento del Quark Top, que aún no había sido descubierto en la fecha de publicación del libro.
Por esas fechas, Lederman, y así lo refleja en el libro, estaba entusiasmado con la construcción en Dallas (Texas) del que iba a ser el mayor acelerador del mundo, el SSC (Superconductor Supercolisionador), aunque precisamente a finales de 1993, año de publicación del libro, el congreso de los Estados Unidos canceló el proyecto. Un proyecto del que el propio Lederman había sido partícipe. El autor confiaba en que el SSC encontraría la partícula de Higgs, y completaría y daría sentido al Modelo Estándar. Se estimaba que este colisionador iba a llegar a energías cercanas a los 20 TeV, bastante más del doble de las que se espera que consiga el LHC, unos 7 TeV. Así, este acelerador de hadrones, situado en el CERN, en Ginebra, es el mayor jamás construido, y asegura la supremacía y liderazgo, en materia de física nuclear, de Europa sobre Estados Unidos, y se ha convertido en el único candidato a encontrar la tan esquiva Partícula Divina.
No deberíamos tardar demasiado en ver si lo consigue.

sábado, 6 de febrero de 2010

LOST: Sexta Temporada


Los fans de la serie Lost estamos de enhorabuena. El pasado 2 de febrero se estrenaron los dos primeros capítulos de la sexta y última temporada. Han sido casi 9 meses de tensa espera desde el final de la temporada anterior.
Lost, que comenzó su andadura en la cadena ABC estadounidense un 22 de septiembre de 2004, se ha convertido en la serie que más expectación ha generado en los últimos años. Millones de telespectadores en todo el mundo, y millones de seguidores por internet, han debatido incansablemente sobre una infinidad de teorías acerca de lo que ocurre realmente en la isla. La web lostpedia.wikia.com y su versión hispana es.lostpedia.wikia.com ofrecen un excelente índice de capítulos y protagonistas de todas las temporadas (ojo que estas webs se actualizan al ritmo de emisión en los Estados Unidos, con lo que se ha de tener cuidado al visitarlas, pues puedes enterarte de cosas antes de tiempo). Son muy útiles para consultar cualquier duda que tengamos referente a alguna escena concreta, refrescar detalles sobre cualquier personaje, estar al tanto de las hipótesis que se barajan relativas a los grandes misterios de la serie, y por supuesto, compartir y exponer en los foros nuestras propias teorías.
El éxito de la serie responde a la forma en cómo está contada la historia. Los guionistas consiguen enganchar al espectador a través de sucesos misteriosos que se van revelando con cuentagotas (tanto que algún misterio, por ejemplo el del humo negro de la primera temporada, ha sido revelado en parte en la quinta, y confirmado en la sexta). Esto nos da una idea de la gran planificación que ha habido en la elaboración del guión. Otra gran virtud de la serie reside en la creación de personajes enigmáticos, con información privilegiada y secreta, que por supuesto no dan a conocer. Es el caso, por citar algunos, de Benjamin Linus, Eloise Hawking, Charles Widmore o Richard Alpert (el eternamente joven). Todos ellos tienen un comportamiento condicionado por algún tipo de información oculta, un objetivo concreto, el cual, para desesperación de los televidentes, jamás revelan de forma clara. Esa falta de información, esa esperanza de que alguno de estos personajes hable más de la cuenta, es la que nos mantiene literalmente pegados a la pantalla. Y ése es un mérito atribuible directa e indiscutiblemente a los guionistas.

¡ATENCIÓN!: ¡Si no has visto los dos primeros capítulos de la sexta temporada no sigas leyendo!

En estos dos primeros capítulos los creadores nos dan a entender, o nos quieren dar a entender (ya que tampoco está confirmado, y más de una vez ya nos han engañado en cuanto a la línea temporal de los hechos), que se ha generado, como ellos mismos la llaman, un línea temporal alternativa, en la que el famoso vuelo 815 de Oceanic nunca llega a estrellarse y aterriza sin problemas en Los Angeles. Durante el vuelo, Jack mira por la ventana, el plano cambia, y nos lanza hacia abajo a una velocidad vertiginosa, atraviesa las nubes y penetra en el agua, hasta llegar a una isla, nuestra isla, completamente hundida en las profundidades del océano.
Paralelamente, en la línea temporal original, nuestros losties parece ser que han vuelto a saltar en el tiempo, en este caso al futuro (lo que era inicialmente su presente), y siguen atrapados en la isla, en la cual han aparecido nuevos y extraños habitantes.
Lejos de intuir un desenlace y percibir atisbos de que se va a aclarar la situación, esta temporada ha comenzado con nuevas incógnitas, incluso algo más de complejidad, pero apasionante al fin y al cabo. Es hora de relajarse y dejarse llevar, disfrutar al máximo con los dieciocho capítulos de los que consta la temporada, y confiar en que el final, pese a las reservas de muchos en cuanto a la capacidad de los guionistas para la resolución de todos y cada uno de los misterios, nos deje completamente satisfechos.
¿Qué es realmente la isla? ¿Cuál es el origen de sus mágicas propiedades? ¿Es todo una lucha de poder entre Jacob y su Némesis, y el resto de protagonistas no son más que meras marionetas?
Las respuestas a estas y otras preguntas no serán desveladas hasta el domingo 23 de mayo, fecha prevista para la emisión del episodio final.
Esperemos que no nos decepcione.