viernes, 19 de marzo de 2010

El Secreto de la Luz (parte I)


Desde los albores de la humanidad, el hombre ha admirado las maravillosas propiedades de la luz, y se ha esforzado continuamente por estudiarlas y comprenderlas.
La importancia de la luz en la vida trasciende más allá de lo imaginable por nuestras mentes, y resulta imprescindible para la propia existencia, pues muy difícilmente sería concebible la existencia de “algo” sin una luz que lo ilumine. Como apunta el Génesis, la luz debió de existir ya desde el Principio: “Y Dios Dijo: Sea la Luz…y la Luz fue".
Pero, ¿qué es la luz? ¿Cómo funciona? ¿Cuáles son sus propiedades? ¿Por qué vemos los objetos? ¿Y por qué los vemos de diferentes colores?

Una posible definición de la luz, que estaría en consonancia con nuestras creencias actuales en materia de física, podría ser esta: la luz es un tipo de radiación electromagnética cuya frecuencia y energía se hallan en el rango visible del espectro electromagnético. Pero para entender esta definición hacen falta unas cuantas consideraciones preliminares.
La luz, como radiación electromagnética, consiste en una onda que se propaga indefinidamente, creando en su recorrido un campo eléctrico y un campo magnético perpendiculares entre sí y respecto a la dirección de propagación. Cada onda posee un espectro electromagnético, algo así como su huella dactilar, que nos permite identificar las propiedades de dicha onda, como su frecuencia, su energía…etc. Las ondas (imaginadlas como olas en el mar), tienen una determinada longitud, que es la distancia entre el máximo de una cresta y el siguiente. Pues bien, esta propiedad, conocida como longitud de onda, es la responsable de que veamos los objetos de diferentes colores.
El ojo humano no detecta todas las longitudes de onda; está diseñado para detectar sólo las que corresponden a determinados valores. Aunque puede variar de una persona a otra, los valores medios están en las longitudes de onda que van desde los 380 a los 750 nanómetros (1 nanómetro es una milmillonésima parte de un metro). Esa sería la franja que conocemos como luz visible. La longitud de onda más corta, por debajo de los 380 nm, no la podemos percibir y es la correspondiente por ejemplo a la luz ultravioleta y a los rayos X. Por encima de los 750 nm tampoco la percibimos, y estaríamos hablando de la luz infrarroja, el radar y las ondas de radio.
En la franja de la luz visible, la que va desde los 380 a los 750 nm (no es necesario que recordéis estos valores, basta con recordar que únicamente visualizamos una determinada franja; de hecho yo he tenido que consultarlos antes de escribirlos), cada longitud de onda se corresponde con un color: las longitudes de onda más largas forman el color rojo, y a medida que van decreciendo, pasamos por el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el añil (o índigo), hasta las longitudes más cortas del color violeta.
La superposición de todas las longitudes de onda nos da el color blanco.
La luz que nos llega del Sol es luz blanca, pues contiene todas las longitudes de onda. Pero si la luz es blanca, ¿por qué vemos los objetos de diferentes colores?
Para responder esta pregunta primero debemos considerar por qué los vemos. No ya con determinados colores, sino simplemente por qué los vemos.
La luz, como cualquier onda, tiene una propiedad denominada reflexión. Cuando la luz incide sobre un cuerpo u objeto, éste la refleja, o sea, la devuelve al medio en mayor o menor proporción según sus propias características. Es decir, la luz “rebota” en el cuerpo y llega a nuestros ojos, que la detectan, la transforman en impulsos eléctricos que se envían al cerebro, y éste produce las imágenes, creando la sensación de ver.
Cada cuerpo refleja la luz de una forma particular, según su composición y estructura. Y puede ocurrir que toda la luz sea reflejada, o sólo una parte. Los cuerpos, dependiendo de sus características, reflejan mayor o menor parte de la luz y absorben el resto. Algunos reflejan determinadas longitudes de onda (colores), y absorben otras. Así, cuando la luz blanca (recordemos que contiene todas las longitudes de onda o colores), incide sobre un cuerpo, lo veremos del color cuya longitud de onda se refleje. Por ejemplo vemos los objetos de color blanco porque reflejan todas las longitudes de onda. El negro en cambio es la ausencia de luz, pues no refleja ninguna. Esta es la explicación de por qué los objetos negros, por ejemplo cuando vestimos ropa negra, se calientan más que el resto: porque no reflejan la luz, absorben todas las longitudes de onda.

El proceso completo, un poco a lo bruto, podría ser algo así:
Un rayo de luz blanca parte de la superficie del Sol, viaja a través del espacio hacia el planeta Tierra, recorre los cerca de 150 millones de kilómetros en aproximadamente 8 minutos (en el próximo artículo hablaré sobre la velocidad de la luz), atraviesa la atmósfera, llega hasta la superficie terrestre e incide sobre un cuerpo. Éste absorbe toda la energía de la luz, excepto la longitud de onda de unos 700 nm, que corresponde al color rojo. Casualmente, yo me encuentro observando el objeto en cuestión. El cuerpo refleja dicha longitud de onda, “la luz roja”, y la dirige hacia mis ojos. El rayo atraviesa la lente de mis ojos y forma una imagen invertida sobre la retina. En ella, unas células específicas transforman la luz en impulsos eléctricos que se transportan al nervio óptico. Finalmente, desde allí se envían al cerebro, donde, a través de un complejo mecanismo en el que intervienen millones de neuronas, se descifran las señales y: "¡¡Oh!! ¡Qué ven mis ojos!!¡¡Una delicada y preciosa rosa roja!!"

martes, 9 de marzo de 2010

Temporal de nieve en Barcelona


Para bien o para mal, las cosas suelen acabar siendo diferentes a lo que uno esperaba. Y en el caso de las previsiones del tiempo esto se cumple siempre.
La meteorología es la ciencia que estudia, entre otros, los fenómenos ocurridos en la atmósfera y las leyes que los rigen. En teoría, el conocimiento de estas leyes debe servir para hacer previsiones sobre el tiempo, y de hecho la fiabilidad de esta ciencia ha logrado importantes avances en los últimos años, causados por la mejora tecnológica de las herramientas e instrumentos utilizados. Sin embargo, la complejidad de elementos que interactúan en la atmósfera hace que algunos fenómenos sean prácticamente impredecibles. En la evolución de la atmósfera influyen innumerables factores, y el mínimo cambio en uno de ellos puede tirar por tierra las predicciones efectuadas. Los propios meteorólogos afirman que cualquier predicción del tiempo más allá de dos días puede resultar “inexacta”. Lo que no dicen es que incluso a cuatro o cinco horas vista, un factor inesperado puede alterar considerablemente las previsiones. No quiero quitar méritos a esta ciencia, que lo cierto es que goza de un alto porcentaje de acierto, pero aunque ayer se dieron varias alertas por fuertes lluvias y nieve a determinada altitud, el temporal de nieve fue bastante mayor de lo esperado, lo que nos demuestra que queda un largo recorrido hasta conseguir que la meteorología sea una ciencia exacta y cien por cien fiable, si es que es posible que alguna vez lo sea.

El lunes 8 de marzo amaneció muy nublado. Las previsiones hablaban de intensas lluvias en buena parte del litoral catalán. En Cornellà de Llobregat, donde se encuentra el polígono en el que trabajo, la mañana transcurrió con ligeras lluvias, pero constantes.
A mediodía éstas se hicieron algo más fuertes, pero aún poco preocupantes, y yo todavía confiaba en que quizá la tormenta amainaría, e incluso podría volver a casa sin necesidad de utilizar el chubasquero de la moto.
Después de comer la situación empeoró ligeramente y aparecieron los primeros copos de nieve, aunque sin llegar a cuajar. Afortunados los que plegaban a las tres, que pudieron volver sin problema alguno, y observaron el temporal desde el sofá de sus hogares.
A las cuatro de la tarde la nieve empezó a cuajar, y en pocos minutos el paisaje que divisábamos a través de las ventanas de la oficina se volvió completamente blanco. Entonces comprendí que no podía volver a casa en moto, y el transporte público se convirtió en la única alternativa posible.
Cerca de las cinco, cuando la nevada se hizo intensa de verdad, como hacía muchos años que no se veía en Barcelona, decidimos no esperar a las seis y marcharnos enseguida a casa, pues el riesgo de quedarnos atrapados en el polígono empezaba a ser una realidad. El resto de naves del polígono también estaban siendo desalojadas, y en el ambiente se respiraba cierto nerviosismo. La carretera empezaba a estar impracticable, las ruedas de los coches patinaban y no se distinguían los carriles.
Cada uno de nosotros pasó su odisea particular en el camino de regreso a casa: algunos tuvieron que dejar el coche a medio trayecto y volver caminando, algunos pasaron horas en el coche por las retenciones en el tráfico, y otros sufrimos las consecuencias de la masificación en el transporte público. En mi caso fue el ferrocarril y el metro. En ambos se generó un pequeño caos, una gran acumulación de gente, todos corriendo y con síntomas de desesperación. En Plaza España, el transbordo al metro fue un suplicio: colas, empujones y quejas. El viaje se me hizo eterno, el vagón parecía a punto de estallar, unos apretados contra otros, y sin apenas poder movernos.
Ya en casa, viendo las noticias, me di cuenta que nuestra experiencia, comparada con lo que estaban pasando otras personas, no pasaba de una simple anécdota, y ciertamente podría haber sido peor. Pero en todo caso quedó demostrado que no estamos preparados para una cosa así.

La nevada de ayer, que tampoco es que fuera una exageración, ni en volumen ni en duración, provocó un caos en la ciudad de Barcelona y alrededores: cortes en las líneas eléctricas, carreteras cerradas, accidentes de tráfico, gente atrapada en sus coches durante horas, averías en algunos transportes públicos y colapso en otros…
Cosas como esta no hacen sino recordarnos lo vulnerables que somos a las inclemencias climáticas de nuestro planeta. La Naturaleza es caprichosa, y de vez en cuando nos ofrece muestras de su poder. Un poder sobrecogedor, que nos empequeñece y nos hace ver la cruda realidad: que no somos más que una minúscula e insignificante gota de agua en el vasto océano del Universo.


"Fotos cedidas por Cristina López, Jaime Lafuente y Rosa Jurado."

martes, 23 de febrero de 2010

La Partícula Divina (The God Particle)


El libro La Partícula Divina, publicado en 1993 por Leon Lederman y Dick Teresi, es una obra de divulgación científica, cuya lectura recomiendo a todos aquellos que, aún siendo legos en la materia, estén interesados en conocer el apasionante mundo de la física de partículas.
Leon Lederman, nacido en 1922 en Nueva York, fue galardonado en 1988 con el Premio Nobel de Física, junto a Melvin Schwartz y Jack Steinberger, por el método del haz de neutrinos y el descubrimiento del neutrino muónico.
Lederman es un físico experimental, que dirigió el Fermilab (laboratorio de física de altas energías situado en Chicago) entre 1979 y 1989, y participó activamente en la revolución cuántica iniciada en la segunda mitad del siglo pasado, con el florecimiento de los grandes aceleradores de partículas, y que dio lugar a la exitosa (aunque incompleta, precisamente a falta de encontrar la partícula de Higgs, a la que hace referencia el título del libro) Teoría del Modelo Estándar. Esta teoría describe las partículas y fuerzas elementales de la materia (en un próximo artículo entraré al detalle en esta teoría, pues creo que merece la pena).
En esta obra, el autor nos ofrece un ameno recorrido por la historia de la ciencia en su búsqueda del á-tomo (no el átomo tal y como lo conocemos hoy en día, sino como elemento último e indivisible de la materia, del que todo y todos estamos hechos).
Desde Demócrito hasta Schrödinger, pasando por Dalton, Thomson, Bohr y Rutherford, entre muchos otros, hacemos un viaje hasta la visión actual de la estructura interna de la materia. Por supuesto, sin olvidarse de las vitales contribuciones de algunos de los más grandes, como Galileo, Newton o el propio Einstein.
El libro está escrito en un lenguaje totalmente asequible (al menos durante la primera mitad del texto) para el lector profano en esta materia, incluso con abundantes dosis de humor y con curiosas anécdotas que le suceden al físico experimental en el desarrollo de su trabajo. Y aunque la segunda parte del libro se torna un poco más compleja, no es por ello menos interesante.
La narración es entretenida, con ingeniosas analogías y metáforas, que permiten comprender los complicados y abstractos conceptos inherentes a las matemáticas y a la física cuántica. El autor consigue contagiar al lector con la pasión que sienten los físicos cuando se encuentran inmersos en un experimento, lo que les pasa por la cabeza al realizar un gran descubrimiento: la grandeza de ser el primero en revelar una propiedad de la naturaleza, y que hace que por unos instantes se sientan más cerca de Él, de Su pensamiento.
Para alguien como yo, más acostumbrado a leer a físicos teóricos, ha sido muy interesante y provechoso contemplar la física desde otro punto de vista, el de los físicos experimentales, aquellos que verifican las teorías confeccionadas por los primeros.
Lederman demuestra cierta hostilidad hacia los teóricos, como si existiera cierta rivalidad oculta entre los dos tipos de físicos, e intenta hacernos ver que sin ellos (los experimentales) la ciencia no avanzaría como tal, pues ellos son los que confirman o refutan las teorías. Yo creo más bien que ambos son necesarios y se complementan, pues para demostrar mediante experimentos las teorías, alguien las debe elaborar, y su vez, experimentos innovadores y perfeccionados aportan pruebas e ideas para nuevas teorías. Aún así, no es malo que exista una cierta competencia, siempre que sea sana. Y no sólo en la ciencia, sino en cualquier ámbito, pues es una excelente base para la superación y el progreso.
La Partícula Divina también logra que nos hagamos una idea bastante aproximada, (saltándonos evidentemente ciertos detalles técnicos), del funcionamiento de un acelerador de partículas, e incluso llegamos a comprender cómo los detectores consiguen “visualizar” las partículas.
Los primeros aceleradores aparecieron a principios de los años 30. Lederman nos habla del primer ciclotrón de protones, del primer sincrotrón del laboratorio nacional Brookhaven (en Nueva York), y de cómo, espoleados por los avances teóricos, se introdujeron sustanciales mejoras tecnológicas, que permitieron que dichas máquinas evolucionaran y se perfeccionaran, consiguiendo cada vez mayores energías. Dichas teorías, para ser confirmadas, dependían del hallazgo de las partículas predichas, cada vez más pesadas, y que por tanto requerían cada vez energías más altas.
El propio Fermilab dispone del Tevatron, que hasta la construcción del LHC en Suiza, fue el mayor acelerador del planeta. El Tevatron es un sincrotrón que acelera protones y antiprotones hasta energías cercanas a 1 TeV (un billón de electronvoltios), y gracias a él, el Fermilab anunció en 1995 el descubrimiento del Quark Top, que aún no había sido descubierto en la fecha de publicación del libro.
Por esas fechas, Lederman, y así lo refleja en el libro, estaba entusiasmado con la construcción en Dallas (Texas) del que iba a ser el mayor acelerador del mundo, el SSC (Superconductor Supercolisionador), aunque precisamente a finales de 1993, año de publicación del libro, el congreso de los Estados Unidos canceló el proyecto. Un proyecto del que el propio Lederman había sido partícipe. El autor confiaba en que el SSC encontraría la partícula de Higgs, y completaría y daría sentido al Modelo Estándar. Se estimaba que este colisionador iba a llegar a energías cercanas a los 20 TeV, bastante más del doble de las que se espera que consiga el LHC, unos 7 TeV. Así, este acelerador de hadrones, situado en el CERN, en Ginebra, es el mayor jamás construido, y asegura la supremacía y liderazgo, en materia de física nuclear, de Europa sobre Estados Unidos, y se ha convertido en el único candidato a encontrar la tan esquiva Partícula Divina.
No deberíamos tardar demasiado en ver si lo consigue.

sábado, 6 de febrero de 2010

LOST: Sexta Temporada


Los fans de la serie Lost estamos de enhorabuena. El pasado 2 de febrero se estrenaron los dos primeros capítulos de la sexta y última temporada. Han sido casi 9 meses de tensa espera desde el final de la temporada anterior.
Lost, que comenzó su andadura en la cadena ABC estadounidense un 22 de septiembre de 2004, se ha convertido en la serie que más expectación ha generado en los últimos años. Millones de telespectadores en todo el mundo, y millones de seguidores por internet, han debatido incansablemente sobre una infinidad de teorías acerca de lo que ocurre realmente en la isla. La web lostpedia.wikia.com y su versión hispana es.lostpedia.wikia.com ofrecen un excelente índice de capítulos y protagonistas de todas las temporadas (ojo que estas webs se actualizan al ritmo de emisión en los Estados Unidos, con lo que se ha de tener cuidado al visitarlas, pues puedes enterarte de cosas antes de tiempo). Son muy útiles para consultar cualquier duda que tengamos referente a alguna escena concreta, refrescar detalles sobre cualquier personaje, estar al tanto de las hipótesis que se barajan relativas a los grandes misterios de la serie, y por supuesto, compartir y exponer en los foros nuestras propias teorías.
El éxito de la serie responde a la forma en cómo está contada la historia. Los guionistas consiguen enganchar al espectador a través de sucesos misteriosos que se van revelando con cuentagotas (tanto que algún misterio, por ejemplo el del humo negro de la primera temporada, ha sido revelado en parte en la quinta, y confirmado en la sexta). Esto nos da una idea de la gran planificación que ha habido en la elaboración del guión. Otra gran virtud de la serie reside en la creación de personajes enigmáticos, con información privilegiada y secreta, que por supuesto no dan a conocer. Es el caso, por citar algunos, de Benjamin Linus, Eloise Hawking, Charles Widmore o Richard Alpert (el eternamente joven). Todos ellos tienen un comportamiento condicionado por algún tipo de información oculta, un objetivo concreto, el cual, para desesperación de los televidentes, jamás revelan de forma clara. Esa falta de información, esa esperanza de que alguno de estos personajes hable más de la cuenta, es la que nos mantiene literalmente pegados a la pantalla. Y ése es un mérito atribuible directa e indiscutiblemente a los guionistas.

¡ATENCIÓN!: ¡Si no has visto los dos primeros capítulos de la sexta temporada no sigas leyendo!

En estos dos primeros capítulos los creadores nos dan a entender, o nos quieren dar a entender (ya que tampoco está confirmado, y más de una vez ya nos han engañado en cuanto a la línea temporal de los hechos), que se ha generado, como ellos mismos la llaman, un línea temporal alternativa, en la que el famoso vuelo 815 de Oceanic nunca llega a estrellarse y aterriza sin problemas en Los Angeles. Durante el vuelo, Jack mira por la ventana, el plano cambia, y nos lanza hacia abajo a una velocidad vertiginosa, atraviesa las nubes y penetra en el agua, hasta llegar a una isla, nuestra isla, completamente hundida en las profundidades del océano.
Paralelamente, en la línea temporal original, nuestros losties parece ser que han vuelto a saltar en el tiempo, en este caso al futuro (lo que era inicialmente su presente), y siguen atrapados en la isla, en la cual han aparecido nuevos y extraños habitantes.
Lejos de intuir un desenlace y percibir atisbos de que se va a aclarar la situación, esta temporada ha comenzado con nuevas incógnitas, incluso algo más de complejidad, pero apasionante al fin y al cabo. Es hora de relajarse y dejarse llevar, disfrutar al máximo con los dieciocho capítulos de los que consta la temporada, y confiar en que el final, pese a las reservas de muchos en cuanto a la capacidad de los guionistas para la resolución de todos y cada uno de los misterios, nos deje completamente satisfechos.
¿Qué es realmente la isla? ¿Cuál es el origen de sus mágicas propiedades? ¿Es todo una lucha de poder entre Jacob y su Némesis, y el resto de protagonistas no son más que meras marionetas?
Las respuestas a estas y otras preguntas no serán desveladas hasta el domingo 23 de mayo, fecha prevista para la emisión del episodio final.
Esperemos que no nos decepcione.

viernes, 29 de enero de 2010

Olvidar el Recuerdo

“Tenía unos tres o cuatro años. Mi abuela me sostenía en su regazo, y trataba por todos los medios de darme una cucharada de comida. Nos encontrábamos en el comedor de casa de mis padres. Debía estar amaneciendo, o quizá atardeciendo, puesto que la luz que entraba a través de la ventana era muy tenue. En ese momento mi madre cruzó por delante del sofá donde estábamos sentados, y mientras se dirigía a la cocina pronunció una frase que no recuerdo con exactitud. Algo relativo a mi extraordinaria facilidad para sacar de sus casillas tanto a ella como a mi abuela, sobretodo durante las comidas.”
A veces me pregunto cómo es posible que recuerde ese momento, que sucedió hace alrededor de 28 años, y en cambio no recuerde otros muchos más cercanos en el tiempo. Diría que ése es mi recuerdo más antiguo. ¿Qué es lo que sucedió en aquel preciso instante que hizo que aquel suceso quedara grabado para siempre en mi cerebro? ¿Por qué recordamos algunas cosas y no otras? ¿Y qué pasa con las que olvidamos? ¿Desaparecen del todo? ¿No queda ningún rastro de ellas?
Está claro que las personas recordamos con facilidad aquellos hechos que consideramos importantes en nuestra vida, y que de una forma u otra nos han dejado huella, ya sea para bien o para mal. Todo el mundo recuerda el día de su boda, el nacimiento de un hijo, el fallecimiento de un ser querido, o simplemente unas vacaciones, o algo incluso más breve como un momento especial con alguien especial… Y esa cualidad de sucesos especiales es precisamente la respuesta a la pregunta de por qué los recordamos. Y no importa el tiempo que pase: esos recuerdos no los vamos a olvidar.

Pero también existen en nuestra memoria otro tipo de recuerdos que no tienen nada de especial, como el que relaté al inicio del artículo. Seguro que todos recordáis sin demasiado esfuerzo algún día en casa, en el trabajo, o en cualquier otro lugar, en el que nada especial ocurrió. Y sin embargo lo recordáis. ¿Por qué, si aparentemente no tienen nada de especial? En estos casos la respuesta no es tan sencilla.
La memoria es la capacidad de registrar, retener y recuperar experiencias pasadas, y parece ser que consta de tres fases. La primera, con una duración inferior a tres segundos, es la denominada memoria sensorial, donde tomamos conciencia y captamos a través de nuestros sentidos la información que nos llega del exterior. La segunda fase es conocida como memoria a corto plazo, con una duración superior a la sensorial, pero inferior al minuto. Aquí almacenamos cantidades limitadas de información durante un breve periodo de tiempo. Y una tercera fase sería la memoria a largo plazo. Esta memoria es ilimitada, no sólo en cuanto a duración de la información, sino también en cuanto a la cantidad de recuerdos que podemos almacenar. Como ejemplo, cuando nos dicen un número de teléfono y lo mantenemos en la memoria el tiempo suficiente para marcarlo y justo a continuación desaparece, estamos utilizando la memoria a corto plazo. En cambio, el número de mi DNI está almacenado en la memoria a largo plazo.
La información se transfiere de la memoria a corto plazo a la memoria a largo plazo. Cuando olvidamos algo, en teoría, puede ser por dos motivos: o no se ha transferido a la memoria a largo plazo, y por tanto ha desaparecido, o sí se ha transferido pero no somos capaces de recuperarlo. ¿Cuántas veces olvidamos un nombre o un acontecimiento y no hay manera de recordarlo? A veces parece que estás a punto de recordarlo, que lo tienes en la punta de la lengua, estás seguro de que lo sabes, pero se te vuelve a escapar. Y cuanto más lo intentas es peor. En estos casos lo que ha ocurrido es que el proceso de recuperación de la información ha fallado, es decir, el recuerdo existe en la memoria, pero no podemos acceder a él. Hasta que un tiempo después dejas de pensar, y entonces, como por arte de magia, te viene a la cabeza.
Si realmente la capacidad de nuestra memoria a largo plazo es ilimitada, quizá todas las experiencias de nuestra vida están almacenadas en nuestra memoria, y por tanto no están olvidadas. Simplemente lo que ocurre es que no somos capaces de recuperar esos recuerdos porque no sabemos cómo funciona exactamente ese proceso de recuperación. Y si esto es así, quizás las generaciones futuras consigan algún día conocer y dominar ese proceso a la perfección, y sean capaces de recordar cualquier suceso o experiencia vivida.

Al final, todo esto son teorías que voy a olvidar en cuanto acabe de escribir, y que vosotros olvidaréis en cuanto acabéis de leer. Además no estoy seguro de nada de lo que he escrito. Pero sí estoy seguro de esto: las cosas y personas que realmente nos importan no las olvidamos nunca, y por eso no es necesario recordarlas. Como dice una de mis canciones favoritas: “Jamás te recuerdo, porque nunca te olvido”.

sábado, 16 de enero de 2010

Bunbury nunca defrauda

Desde ayer, 15 de Enero de 2010, se puede escuchar el single del nuevo álbum de Bunbury “Las consecuencias”. El disco, que en principio debía haber salido a la venta a finales de 2009, se retrasó, debido entre otras cosas, a que el artista estaba finalizando su gira por Sudamérica. La fecha definitiva de lanzamiento, ya confirmada por la compañía discográfica, será el 16 de febrero de 2010.
El vídeo del single, una versión del tema de Jeannette “Frente a frente” del año 1981, se puede ver en la página oficial de Bunbury (www.enriquebunbury.com). Fue rodado bajo la dirección de J.A. Bayona, director de El Orfanato, una tarde lluviosa en los alrededores de Girona.
El single es pegadizo, aunque algo soso, y pese a que Bunbury consigue, durante gran parte de los tres minutos y medio que tiene de duración, dotarle su propio estilo, bajo mi punto de vista no es un tema adecuado para él. No sé qué motivaciones le habrán llevado a versionar este tema, quizá algún recuerdo de infancia (un amor platónico hacia Jeannette o algo así), pero creo que debería dejar estas versiones como curiosidad, en alguna cara B, o en alguna recopilación de rarezas. Y más cuando este nuevo álbum consta únicamente de 10 canciones, “Frente a frente” incluida, lo que nos deja solo 9 como material nuevo, algo que sabe a poco teniendo en cuenta que en los dos anteriores nos había ofrecido 15 y 20 temas respectivamente (Hellville de Luxe en 2008, y El viaje a ninguna parte en 2004).
Aun así, confío plenamente en que Bunbury no fallará y esos 9 temas serán fieles a su estilo y sello personal, y estoy absolutamente convencido de que mantendrán la calidad a la que nos tiene acostumbrados. Bunbury nunca defrauda.

viernes, 8 de enero de 2010

Pequeñas Grandes Cuestiones

En la actualidad cada vez más las personas corrientes nos preocupamos menos por grandes cuestiones. Hoy en día, en general, nadie se plantea cuestiones como si estamos solos en el universo, si éste tuvo un principio en el tiempo, si tendrá un final, si es Infinito... o si existe o existió un Creador…
Se está perdiendo esa curiosidad innata en el ser humano, esa curiosidad que tienen los niños por aprender y que les hace preguntar el por qué de las cosas. Algunas de esas preguntas, que aparentemente pueden parecer simples e inocentes, a veces resultan tener respuestas revolucionarias. Albert Einstein, siendo un niño, se preguntaba qué aspecto tendría un rayo de luz si fuera capaz de alcanzarlo. Esta pregunta le llevó, con el paso de los años, a desvelar los grandes secretos del universo, a través de su famosa teoría de la relatividad.
Algunos no disponemos del tiempo necesario para entrar en dichas cuestiones, pero la gran mayoría ni siquiera se interesa por ellas. Vivimos inmersos en nuestro día a día, obsesionados con cosas como el poder y el dinero... Como dijo el propio Einstein, “por la mera existencia de nuestro estómago, todos estamos condenados a participar en esta caza”. Es cierto que en muchos casos, aún hoy en día, pero sobretodo en el pasado, las personas se veían obligadas a ser partícipes de esa “caza”. Pero en pleno siglo XXI, y en general, con el problema de nuestro estómago resuelto, han surgido otras necesidades, y seguimos más preocupados por vestir a la moda, tener un móvil de última generación, o un coche más potente, que por conocer cómo nuestro Sol genera la luz que permite la vida en nuestro planeta.
Aunque nos parezca que no sirve de nada discutir esas cuestiones, y que es una pérdida de tiempo (del que precisamente no vamos sobrados), en realidad no es así. Tal y como afirma el efecto mariposa, de la teoría del caos, “incluso el suave aleteo de una mariposa puede desencadenar una tormenta”. A veces pequeñas cosas provocan grandes cambios. No estoy diciendo ni mucho menos que dejemos nuestros trabajos ni nuestro tiempo de ocio, pero sí que nos inculquemos, tanto a nosotros mismos como a nuestros familiares y amigos, que no se pierda esa curiosidad por aprender, ese espíritu de investigación inherente al ser humano que nos ha hecho progresar desde el principio de los tiempos.
Supongo, y espero, que todos alguna vez en vuestra vida habéis tenido una duda existencial. Algo como: ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué existe la vida? ¿Por qué existen los mares, los ríos, los árboles, las montañas…? Y a mayor escala, ¿por qué existen los planetas, las estrellas… en definitiva el Universo? O lo que es aún más desconcertante, ¿Alguien ha creado todo eso?, y si es así ¿Quién?
Nadie tiene respuestas a esas preguntas, pero todos nos las deberíamos plantear.
Vivimos tan metidos en nuestro mundo, que no nos paramos a pensar en todo esto. Sí, sí, estoy de acuerdo, no tenemos otra alternativa, o al menos no es una alternativa fácil.
Afortunadamente, hay gente que sí puede salir de ese “sub-mundo” en el que vivimos y tiene tiempo de pensar en esas cuestiones e incluso plantear posibles respuestas, algunas quizá absurdas, pero otras no tanto. Algunas de tipo religioso, sustentadas en un simple acto de fe, otras de tipo científico, sustentadas en el experimento y la observación.
Una de las cuestiones que el hombre siempre se ha planteado, y de la que seguramente nunca obtengamos una respuesta cierta, es la siguiente:
¿Es una casualidad que haya surgido la vida en este planeta? ¿O por el contrario se debe a la intervención de algún Ser Divino con algún objetivo concreto?
La respuesta no es fácil, sin embargo existen algunas teorías que defienden ambas ideas. Por mi parte encuentro argumentos a favor y en contra tanto de una como de otra.
Lo cierto es que, como dijo Santo Tomás de Aquino allá por el siglo XIII: “si las cosas existen es que debe existir un Creador”. Alguien que nos ha creado a nosotros y todo lo que vemos. Sin embargo, ¿no es demasiado prepotente pensar que el Universo, en toda su extensión, ha sido creado por Alguien, y que luego nos ha colocado en este pequeño planeta para que admiremos su Creación? Si miramos un poco hacia el Universo exterior, parece ser que no somos tan importantes como creemos y quizá seamos producto de un cúmulo de casualidades.
Pensad en nuestra galaxia, la Vía Láctea. Si todas las estrellas, como nuestro Sol, que existen en la Vía Láctea, tuviesen el tamaño de un grano de sal, con ellas se podría llenar una piscina olímpica. En el Universo visible, existen cientos de miles de millones de galaxias como la nuestra. Cada una de ellas con cientos de miles de millones de estrellas. La Tierra no es más que un pequeño planeta, orbitando alrededor de una estrella amarilla ordinaria de tamaño medio (el Sol), situado en uno de los brazos de la espiral de estrellas que forman nuestra galaxia. Aún así podemos creer que algún Ser Divino nos ha querido colocar precisamente en este planeta y no en cualquier otro, aunque más bien parece que “casualmente” las condiciones y leyes físicas de este planeta han permitido que la vida se desarrolle en él.
Sin embargo, estas condiciones idóneas para el desarrollo de la vida se rigen por unas leyes físicas fundamentales y estrictas que deben haber sido diseñadas por un Ser superior. A modo de ejemplo, la carga eléctrica del electrón es un valor fijo que conocemos exactamente, y que sólo puede ser el que es, puesto que si fuese ligeramente diferente, las estrellas no serían capaces de quemar hidrógeno y helio, o lo que es lo mismo, nunca se habrían encendido. El valor de esa carga eléctrica, así como de muchos otros valores fundamentales de las leyes de la ciencia, parece haber sido elegido muy cuidadosamente para hacer posible el desarrollo de la vida. ¿Esos valores han sido elegidos por Alguien? La respuesta debería ser sí, puesto que si no fueran exactamente esos, la vida tal y como la conocemos no sería posible. No obstante, hay una posibilidad de que nadie haya tenido que elegir esos valores. En un universo tan inmenso como el nuestro, con distancias que nuestra mente no consigue abarcar (nuestra galaxia mide unos cien mil años luz, es decir, que si consiguiéramos construir cohetes que viajaran a la velocidad de la luz, tardaríamos cien mil años en cruzarla), es posible que existan otras regiones donde esos valores sean diferentes, y por tanto no se den las condiciones para el desarrollo de la vida. Pueden existir miles de millones de regiones diferentes en el Universo, y que en cada una de ellas la carga eléctrica del electrón sea diferente, y que sea precisamente en nuestra región donde ese valor es el estrictamente necesario para que nosotros estemos aquí. De esta forma no hay lugar para un Ser Divino que eligió los valores exactos de las leyes físicas, puesto que en un Universo infinito hay infinitas regiones con infinitos valores diferentes de la carga eléctrica del electrón. Así, a la pregunta: ¿por qué es el Universo como lo vemos?, la respuesta es clara: porque si no fuera así, sino de otra forma, no habría nadie que pudiera hacerse esa pregunta.De cualquier forma, aunque esta última idea no deja lugar a un Creador, me niego a creer que estemos aquí sin razón alguna. ¿Acaso creéis que habéis nacido para estar en un almacén cargando y descargando placas de yeso? ¿O pasando pedidos de compra y de venta? ¿O en una oficina horas y horas frente al ordenador? Toda una vida de trabajo y sacrificio. ¿Para qué? ¿Y luego qué? ¿Nada? ¿Todo lo que nace del mismo modo perece? ¿Sin más? ¿Simplemente el Final? No puede ser. Debe de haber una razón, un objetivo para todo lo que vemos a nuestro alrededor. Y creo que todos, de una forma u otra, incluso sin ser conscientes de ello, estamos contribuyendo a ese objetivo. Al menos eso es lo que espero…